Naucrates

Noticias y comentarios sobre Astronomía (y otras cosas remotamente relacionadas)

01 febrero 2007

Nomenclatura

El uso del telescopio ha ido revelando cada vez más detalles de los planetas y sus satélites. En el caso de Marte o la Luna, nuestro conocimiento actual acerca de su relieve es comparable al que tenemos sobre nuestro propio planeta. Ha surgido la necesidad, por tanto, de dar nombres a los elementos superficiales (por lo menos a los más sobresalientes) de cada uno de estos mundos para poder referirnos a ellos de forma sencilla e inequívoca; de ello se encarga la llamada “nomenclatura planetaria”, la rama de la Astronomía encargada de bautizar a los montes, cráteres y demás formaciones geográficas siguiendo una serie de normas y costumbres. Por ejemplo, los nombres de los cráteres lunares se refieren a sabios que destacaron en Astronomía, así encontramos los cráteres “Copérnico”, “Kepler” o “Alphonsus”, por Alfonso X. La nomenclatura marciana se basa, por su parte, en una recreación de la terrestre, y algunos de los nombres que encontramos en los mapas del Planeta Rojo se basan en la geografía ibérica. Existen, por ejemplo, cráteres como “Cádiz”, “Calahorra” o “Escorial”, en alusión a las ciudades españolas. También existen un “Tagus Vallis” o un “Durius Vallis”, que no necesitan traducción. En Mercurio hallamos también cráteres con nombres relacionados con nuestra historia o cultura: Cervantes, Goya, Velázquez, Echegaray, etc. Por convenio, todos los nombres de Venus son femeninos, y allí encontramos cráteres dedicados a Rosalía de Castro o Isabel la Católica. Por último, el español más internacional, Don Quijote, está inmortalizado, junto con Dulcinea, en un cráter del asteroide Eros, que significa “amor”.

25 enero 2007

Hierro

El descubrimiento de la obtención de metales a partir de sus fuentes minerales fue tan determinante en la evolución de nuestra cultura que de hecho las etapas tecnológicas de la historia humana se definen por el metal dominante en la industria de cada momento. Tras las Edades del Cobre y del Bronce, el hombre aprendió hace cuatro milenios a obtener un metal más sólido y resistente a partir de ciertos minerales, inaugurando así la edad del Hierro, que, en cierto sentido, llega hasta la actualidad. No obstante en aquél tiempo ya se conocía este prodigioso material, ocasionalmente hallado en forma de pesadas rocas caídas del cielo. En efecto, muchos meteoritos están formados casi exclusivamente por este metal, y constituían hasta entonces la nunca fuente disponible de este valioso producto, más precioso que el oro. No es extraño que se atribuyeran propiedades sobrenaturales al hierro, considerando sus propiedades extraordinarias y su origen celestial. Parecía un regalo de los propios dioses. Las antiguas leyendas europeas sobre metales mágicos (desde la espada “Excalibur” del Rey Arturo hasta el anillo de los Nibelungos, reelaborada en la novela El Señor de los Anillos) están probablemente enraizadas en esta mitología. Es posible incluso que las palabras “sideral” y “siderurgia” compartan el mismo origen griego. El hierro se forma en el núcleo de las estrellas, y el que hoy hallamos en la Tierra –incluyendo el de nuestra sangre- procede concretamente del corazón de un astro que estalló hace miles de millones de años en una explosión “supernova”, y de cuyos escombros se formó el actual Sol y su corte planetaria.

18 enero 2007

SMOS

El presente ha sido proclamado “año de la Ciencia” por el Gobierno, iniciativa que se enmarca dentro de un conjunto de medidas destinadas a impulsar el desarrollo y la innovación tecnológica en nuestro país. Esperamos sinceramente que estos esfuerzos económicos y logísticos no se queden en un mero brindis al sol, y que por fin se tome a la investigación científica como lo que es: la base del progreso de una nación. Un esperanzador síntoma de esta necesaria nueva filosofía es el creciente interés por las Ciencias del Espacio –tanto en estudios básicos como en aplicaciones prácticas- y en el sector aeroespacial. Así, España lidera la misión espacial europea SMOS, un satélite que será lanzado previsiblemente dentro de un año y cuyo objetivo fundamental es el estudio climático del planeta, en especial en aquellos aspectos relacionados con el llamado “calentamiento global”, que tan profundas repercusiones socioeconómicas está teniendo en todo el mundo. El proyecto, presupuestado en unos 200 millones de euros, permitirá un mejor conocimiento del ciclo hidrológico del planeta, de los procesos de desertización y los cambios en el nivel de salinidad de las aguas oceánicas que determinan a su vez la aparición de sequías e inundaciones. El corazón del satélite será el ingenio MIRAS, diseñado y construido en nuestro país, un radiómetro que aplicará por primera vez una tecnología innovadora y altamente sofisticada en investigación espacial. SMOS constituye nuestra mayor apuesta histórica en el campo de la Ciencia y la tecnología espacial, y permitirá a España situarse en la vanguardia internacional dentro de este sector.

11 enero 2007

Ciclo solar (y II)

Las manchas son zonas más frías de la superficie solar –en términos relativos, ya que están a miles de grados de temperatura- relacionadas con la actividad magnética de la estrella. En ocasiones evolucionan de forma explosiva, desprendiéndose grandes cantidades de materia superficial hacia el espacio exterior que pueden chocar contra nuestro planeta, provocando daños importantes en los sistemas eléctricos y de telecomunicaciones. De ahí que su estudio tenga especial relevancia, y en esta tarea colaboran miles de aficionados de todo el mundo, entre ellos la Asociación Leonesa de Astronomía. Observando registros históricos de manchas solares, se aprecia que, por razones aún no del todo claras, su abundancia sigue un patrón regular, con un máximo cada once años. Es el llamado “ciclo solar”, según el cual ahora estamos atravesando una etapa de mínima actividad a pesar de que, para desconcierto de los científicos, se siguen registrando fenómenos relevantes. Curiosamente, poco después de su descubrimiento transcurrieron varios años sin que se observaran apenas manchas en el Sol. Muchos llegaron a dudar de los primeros registros. Este periodo, conocido como “mínimo de Maunder” (de 1645 a 1715) coincide con la época que los historiadores llaman coloquialmente “Pequeña Edad de Hielo” por las bajas temperaturas medias registradas y la especial crudeza de sus inviernos. Esto sugiere una estrecha relación entre la actividad solar y el clima terrestre que podría ser una de las claves para entender el actual calentamiento global del planeta. Esto es algo aún muy controvertido, pero justifica el creciente interés por el Sol.

03 enero 2007

Ciclo solar (I)

Este año que comienza ha sido declarado Año Heliofísico Internacional por las Naciones Unidas, motivo por el cual prestaremos una especial atención al astro más importante de todos: el Sol. Galileo perdió la vista tras pasarse gran parte de su vida mirándolo a través de su rudimentario catalejo sin más protección que la ofrecida por la niebla o la bruma matutina. Su perseverancia regaló al mundo un descubrimiento trascendental: las manchas solares, que demostraban que el Astro Rey no era una esfera perfecta como entonces se pensaba, si no un astro más asequible a la investigación científica. Los escépticos creyeron que se trataba de la sombra proyectada por planetas más allá de Mercurio, pero se demostró que eran detalles intrínsecos a la superficie solar, si bien de tamaño y forma cambiantes. Hoy se sabe que muchas otras estrellas tienen también manchas superficiales, y tal vez sea una característica común a todos los astros parecidos al Sol. Siguiendo el movimiento de las manchas desde que aparecen por un borde hasta que desaparecen por el opuesto puede calcularse el tiempo que tarda el Sol en dar una vuelta sobre sí mismo, que resulta ser de unos 25 días; aunque, como la Tierra se desplaza también en el mismo sentido, tardamos más en perder de vista cada mancha y para nosotros son cerca de 27 días. Comienzan siendo pequeños puntitos que normalmente evolucionan y aumentan de tamaño, alcanzando su máximo desarrollo en unas semanas para luego volver a menguar. Si conservamos nuestras “gafas del eclipse”, precisamente hoy se puede ver una gran mancha sin necesidad de telescopio cerca del centro del Sol.

28 diciembre 2006

La Bola

Como todos saben, hoy a medianoche dejarán caer una enorme bola hasta entonces suspendida desde el reloj de la Puerta del Sol –al igual que en otras muchas localidades de todo el mundo- para conmemorar que nuestro pequeño planeta ha completado otra vuelta más alrededor del Astro Rey. En realidad esta costumbre tiene un origen astronómico, procedente de la época en la que la navegación náutica no gozaba de la asistencia tecnológica actual y el gobierno de los buques dependía en gran medida de la destreza y capacidad de observación de la tripulación. Hasta la invención de los cronómetros mecánicos, la hora más precisa la proporcionaban los relojes de péndulo, que, obviamente, son inútiles a bordo de naves en constante zozobra e inestabilidad. En un barco, conocer la hora –en concreto, el instante del mediodía- era imprescindible para, midiendo la altura del Sol sobre el horizonte en ese momento, calcular la latitud y situarse con precisión en la carta náutica. Para facilitar la operación, se acostumbraba a colocar en las elevaciones –torres, campanarios, etc.- de las localidades costeras una gran esfera brillante y coloreada visible a gran distancia, de cuya posición estaban pendientes algunos marineros de cada embarcación, provistos de catalejos. Las autoridades hacían descender estas bolas justo en el instante del mediodía, momento en el cual los encargados determinaban la altura del Sol usando sextantes u otros instrumentos. Posteriormente, mediante unas tablas de conversión sencillas, y en función de la fecha, se puede calcular con bastante precisión la distancia que separa al buque del ecuador.

Cifras

Cuando miramos hacia arriba en una noche estrellada a menudo nos preguntamos cuántas estrellas adornan la bóveda celeste. Cualquier intento de cuantificación sistemática se verá rápidamente frustrado, en especial al llegar a regiones densamente pobladas, como la Vía Láctea. En realidad, en una noche oscura y despejada podemos ver como mucho unas 6.000 estrellas. Pero alguien verdaderamente curioso querrá saber cuantas estrellas hay realmente en el Universo, más allá de las que descubre nuestra limitada visión. Esta sencilla pregunta carece de una respuesta definitiva por parte de la Astronomía, aunque hay aproximaciones que se tienen actualmente por bastante realistas. Se calcula que nuestra galaxia contiene aproximadamente un cuarto de billón de estrellas, incluyendo todos los tipos conocidos. A su vez, esta galaxia es una entre las muchas que pueblan la vastedad del firmamento, y su cantidad ofrece muchas más dudas que la estimación anterior. Sin embargo, no cometemos un error excesivo si suponemos que existen también un cuarto de billón de galaxias. Esto nos lleva a considerar un Cosmos poblado por más de 50.000 trillones de soles, cifra que excede sin duda a nuestra capacidad de asimilación. Pero vayamos más allá y preguntémonos cuantos átomos componen la totalidad de nuestro Universo. Sorprendentemente, la Ciencia también propone una cifra orientativa, basada en la suposición de que nuestro entorno es representativo de la estructura general del Cosmos. Y resulta lógicamente una cifra colosal. Para representarla tenemos que escribir un uno seguido de ochenta ceros. Lógicamente, átomo arriba, átomo abajo.

2006

El año que concluye ha sido especialmente fructífero en el campo de las Ciencias del Espacio, como continuación de una tendencia de progreso y expansión iniciada hace años y que parece distante aún al agotamiento. La noticia que ha despertado más impacto mediático –pero no necesariamente la más relevante desde el punto de vista científico- ha sido sin duda la “degradación” de Plutón como planeta y la creación de una nueva categoría (planetas enanos) para clasificar a éste y a astros similares. Importante también ha sido la detección por un equipo de astrónomos estadounidenses, durante la colisión de dos grandes cúmulos, de la enigmática y exótica “materia oscura” que, según las teorías actuales, es uno de los principales componentes del Universo. La academia sueca ha premiado también otro trascendental hallazgo en el campo de la Cosmología, esto es, la constatación empírica de las “semillas” primordiales a partir de las cuales se organizaron las estructuras a gras escala que observamos actualmente en el Cosmos. Por su parte, las sondas robóticas marcianas, superando las previsiones más optimistas, han continuado la exploración del Planeta Rojo, arrojando pruebas sólidas de la existencia de agua en su superficie. Exitosa está siendo también la misión enviada a Saturno, que está fotografiando exhaustivamente decenas de nuevos mundos para nosotros. Por último, y en el ámbito nacional, recordaremos este año por la entrada de España en el Observatorio Europeo Austral, que supondrá un avance muy significativo para los proyectos de investigación en los que, cada vez con más frecuencia, participan científicos españoles.

Agudeza visual

Hace unas semanas comentamos el hecho de que Urano representa convencionalmente el límite de la visión humana en condiciones óptimas. Se ha afirmado que algunas personas con una agudeza excepcional han sido capaces de observar también las lunas de Júpiter a simple vista. Estos cuatro satélites, descubiertos por Galileo hace cuatro siglos, en realidad son lo suficientemente brillantes como para que teóricamente sean visibles sin la ayuda de instrumentos ópticos, si no estuvieran tan cerca del brillante planeta, cuyo fulgor hace impracticable su observación. La agudeza visual no sólo consiste en apreciar luces debilísimas, sino también en discernir detalles minúsculos en objetos muy alejados. Así, se dice también que, en determinadas fechas, es posible adivinar las fases de Venus sin necesidad de telescopios. En efecto, a lo largo de la historia ha habido observadores con capacidades visuales realmente prodigiosas, como Percival Lowell o el célebre astrónomo catalán Josep Comás. Sin embargo, a veces forzar demasiado la percepción visual puede llevar al autoengaño. Schiaparelli, un astrónomo italiano del siglo XIX, creyó ver una compleja red de canales en la superficie de Marte que posteriormente se atribuyeron a una avanzadísima civilización posiblemente hostil a la humanidad. Sus mapas marcianos convencieron a otros muchos científicos que aseguraron corroborar muchos de los minúsculos detalles superficiales, hasta que observaciones más pausadas revelaron que esa topografía era fruto de ilusiones ópticas provocadas al forzar la vista más allá de lo ópticamente posible con el uso de telescopios.

30 noviembre 2006

Invierno

Hagamos un breve repaso por el firmamento nocturno observable a simple vista desde León durante estas semanas. Orión, probablemente la constelación más hermosa de todo el cielo, se cierne majestuoso en la bóveda celeste desde primeras horas de la noche. Los siete soles que la forman dibujan la silueta de un gigante cazador, por lo menos a los ojos de las antiguas civilizaciones que bautizaron las diferentes regiones del Cosmos. Sus tres astros centrales, conocidos popularmente como “las tres Marías” señalan, hacia abajo, la posición de la más brillante estrella del cielo -Sirio, en el Can Mayor- y hacia arriba, la de Aldebarán, el principal astro de una de las constelaciones del zodíaco: el Toro. Aldebarán forma uno de los vértices de un curioso triangulito casi perfecto visible en una noche oscura, son las conocidas como “Híades”, el nombre de unas ninfas de la mitología griega. Una de estas estrellas se aprecia perfectamente como doble incluso sin la ayuda de prismáticos. Doblando la distancia de Orión a Aldebarán nos encontramos con otra conocida configuración estelar, el cúmulo de las Pléyades que, dicho sea de paso, será ocultado por la Luna esta noche, a partir de las cuatro de la madrugada. A la izquierda de Orión aparece otra importante región del firmamento, los Gemelos, en alusión a los famosos hermanos Cástor y Pólux de las leyendas grecorromanas. Sobre ellos se sitúa el Cochero o Auriga, con Capella (la Cabrilla) como su estrella más importante, y debajo el otro perro –el Can Menor- que acompaña a Orión en sus cacerías, siendo Proción el sol más brillante de este grupo estelar.