Naucrates

Noticias y comentarios sobre Astronomía (y otras cosas remotamente relacionadas)

22 mayo 2005

Magnitudes

Los astrónomos miden el brillo de los astros mediante una escala llamada “de magnitudes”. En la antigua Grecia, se decía que las estrellas más brillantes eran de “primera magnitud”, seguidas de otras un poco más débiles, “de segunda magnitud”, etc. Por una serie de razones históricas, este sistema fue evolucionando y hoy ya no hablamos de magnitudes empleando números ordinales. Por ejemplo, la Estrella Polar tiene una magnitud de 2, y Alcor, la pequeña estrella de la Osa Mayor, de 4. Vemos que cuanto más brillante es un astro menor es su magnitud. Una estrella de una determinada magnitud es aproximadamente dos veces y media más brillante que la de una magnitud inmediatamente superior. Las seis estrellas más brillantes del cielo septentrional, y los cinco planetas más cercanos llegan incluso a tener magnitudes negativas. Venus alcanza fácilmente la magnitud –4. La de la Luna llena es de –12 y el Sol tiene –27, es decir, es un millón de veces más brillante que nuestro satélite. A simple vista, en una noche despejada y lejos de luces urbanas, alcanzamos a ver estrellas de magnitud 5. Con un telescopio de aficionado pueden llegarse a la magnitud 13, mientras que los observatorios profesionales son capaces de contemplar astros debilísimos, más allá de la magnitud 20. En las últimas fotografías de cielo ultraprofundo captadas por el Telescopio Hubble, donde se vislumbran millones de galaxias tal como eran en los albores del Universo, los astros más débiles captados tienen una magnitud de 30, equivalente a ver la llama de una vela situada a varios millones de kilómetros de distancia.

01 mayo 2005

La Bocina

En un pasaje de la inmortal obra cervantina, Sancho se jacta ante su señor de ser capaz de estimar la hora en plena noche observando la posición de ciertas estrellas. En efecto, los conocimientos astronómicos de la cultura tradicional eran vastísimos en la antigüedad, pero desgraciadamente se han ido perdiendo con el paso del tiempo. Las estrellas a las que se refiere el escudero no son otras que las llamadas “estrellas del reloj” u “horlogiales”, que son los dos astros más meridionales de la constelación de la Osa Menor o Bocina (pues su forma recuerda también al instrumento), conocida por albergar también a la Estrella Polar. Todas las estrellas giran aparentemente entorno a esta última, a razón de aproximadamente una vuelta cada día. Por lo tanto, podemos imaginar una esfera de reloj centrada en la Polar, con las estrellas horlogiales moviéndose lentamente alrededor de ella, y ya tenemos un reloj nocturno. Simplemente hay que tener en cuenta que, lógicamente, la esfera no cubre doce horas como es corriente, sino las veinticuatro del día, y que la “aguja” horaria se mueve en sentido contrario al habitual. Si la Tierra no se moviera alrededor del Sol, este reloj astronómico sería perfecto, pero de hecho hay que introducir una pequeña corrección fácil de estimar en función de la fecha del año para compensar el movimiento de translación. De esta forma podemos obtener una precisión cercana a la media hora, en el caso (hoy improbable) de que -como Sancho- nos hallemos en medio de la noche, a la intemperie y sin reloj de ningún tipo, queriendo saber cuánto resta para el alba.