Naucrates

Noticias y comentarios sobre Astronomía (y otras cosas remotamente relacionadas)

22 agosto 2005

72 estrellas

Son todo lo que pueden ver del firmamento desde ciudades como Madrid o Barcelona, junto con la Luna y los planetas más cercanos. El esplendor del alumbrado público, los coches, las vallas publicitarias, la iluminación nocturna de estatuas y monumentos, etc. hace que sólo puedan contemplarse los más brillantes astros, y eso suponiendo que se goza de una atmósfera limpia y un horizonte despejado. En ciudades como León, la cifra aumenta a algo más de 200 estrellas; pero aún así resulta difícil ver algo más que las principales constelaciones, sumidas en un cielo naranja surcado cada pocos minutos por un avión o por el reflejo metálico de un satélite artificial. Los astrónomos antiguos fueron capaces de catalogar más de 7.000 astros en el Hemisferio Norte, sin más ayuda que su vista y, eso sí, una bóveda celeste sin más luz que la procedente de aquellos lejanos soles. Actualmente, sólo desde desiertos, altas montañas, o en lugares donde se toman en serio la iluminación nocturna (como en Hawai o en las Islas Canarias) es posible rememorar aquellos tiempos. Hay personas que afirman haber visto Urano –el límite de la visión humana- o los satélites de Júpiter a simple vista desde estos parajes. Desde aquí, alegrémonos si conseguimos verlos con un telescopio. El problema de la contaminación lumínica, que no ha sido reconocido hasta hace pocos años, no sólo afecta a la observación astronómica, también altera los ritmos biológicos y supone un gasto superfluo de energía. Desde la ciudadanía y las administraciones, ahora es un buen momento para tomar medidas.

21 agosto 2005

Murphy

Las famosas leyes de Murphy, que dan cuenta de manera jocosa del cúmulo de pequeñas desgracias –en teoría cada una de ellas muy improbable- en que puede convertirse nuestra vida cotidiana, tienen también su versión astronómica. Aquél que se decida durante estos meses estivales a aficionarse a la observación nocturna de los cielos se dará cuenta pronto de que la mala suerte puede acompañarle con frecuencia en su actividad. Por ejemplo, si nos dedicamos fervorosamente a observar una galaxia durante meses, es muy probable que durante la primera noche en que desistamos de la tarea se descubra una importantísima supernova en ella. Igualmente, todos los aficionados del mundo tenemos la sensación de que los fenómenos más interesantes ocurren siempre en el hemisferio celeste opuesto, o cuando aún es de día, siendo por lo tanto inobservables. Los asiduos a las lluvias de estrellas se habrán percatado de que los meteoros más luminosos e impresionantes aparecen justo cuando no estaban mirando, pasando posteriormente varias horas con los ojos como platos sin nada digno de observar. Si disponemos de un pequeño jardín, veremos que el árbol del vecino parece desplazarse siempre al lugar exacto donde entorpezca de forma más eficaz nuestra observación. En León estamos acostumbrados a que la meteorología estropee los fenómenos más importantes del año. Curiosamente, en las noches despejadas suele aparecer una enorme Luna llena que, con su brillo, desbarata igualmente nuestros planes. Esperemos que, por lo menos, Murphy nos conceda una tregua para el ya cercano eclipse solar del 3 de octubre.

15 agosto 2005

Perséidas

Aún es pronto para valorar la campaña de observación de esta lluvia de estrellas (o “enjambre de meteoros” como dicen los astrónomos); una de las más importantes del año. Las predicciones eran muy optimistas; no sólo porque se esperaba una elevada frecuencia de estrellas fugaces (hasta cien por hora), si no también porque la luna, casi nueva, facilitaría enormemente su observación. Lamentablemente desde León no hemos tenido una meteorología muy favorable, con un cielo obstinadamente encapotado durante varios días; sólo el pasado jueves por la noche pudimos registrar varias decenas de meteoros -brillantísimos y espectaculares, como nos tiene acostumbrados las famosas Lágrimas de San Lorenzo. Algunos dejaron una bonita estela de humo; que se desvaneció a los pocos segundos; otros, con su color rojo intenso, denotaban su particular composición química, rica en silicatos y nitrógeno.
En agosto la Tierra atraviesa la estela dejada a su paso por el cometa Swift-Tuttle; formada por diminutas partículas de polvo que arden durante breves instantes al entrar a gran velocidad en nuestra atmósfera; formando “estrellas fugaces” que parecen proceder de la constelación de Perseo –de ahí el nombre-. En 1862, además, se desprendió del cometa un filamento de partículas que nuestro planeta cruzó el pasado miércoles a las 7 de la tarde; lo cual contribuyó notablemente a aumentar la frecuencia de meteoros durante unas horas. No obstante, durante el resto del mes seguirán viéndose perséidas esporádicamente, contribuyendo a la ya de por sí formidable belleza del cielo nocturno estival.

07 agosto 2005

Observación lunar (I)

La Luna es nuestro vecino inmediato en el Cosmos, el astro más cercano y más brillante (después del Sol) y, con seguridad, uno de los mejor estudiados. Conocemos con precisión de centímetros su compleja órbita y disponemos de detallados mapas de su geografía. A pesar de que quedan campos de investigación abiertos, como los referentes a su origen o a su composición geológica, lo cierto que, en algunos aspectos, conocemos a nuestro satélite mejor que a la propia Tierra. Es un mundo que ha sido explorado frecuentemente por nuestros ingenios robotizados y que incluso nosotros mismos hemos visitado; y del único del que contamos con muestras materiales abundantes. ¿Queda realmente algo por hacer para los astrónomos “terrestres”, más aún para los simples aficionados? Por supuesto. Una de las actividades más sencillas que podemos realizar es cronometrar las ocultaciones que realiza la Luna de las estrellas (y planetas) que se encuentra a lo largo de su recorrido por el zodíaco, muchas de ellas observables incluso a simple vista. Poniendo estos registros en conjunto con los obtenidos desde otras regiones del mundo, los datos obtenidos son muy útiles para actualizar continuamente la morfología del perfil del satélite y aumentar la precisión de los valores disponibles acerca de las fluctuaciones de sus parámetros orbitales. Por último, también se puede sacar provecho científico de los eclipses lunares; como por ejemplo para calcular la transparencia y el nivel de contaminación atmosférica deducibles a partir del grado de obscurecimiento de la Luna en el momento central del fenómeno.