Naucrates

Noticias y comentarios sobre Astronomía (y otras cosas remotamente relacionadas)

18 septiembre 2005

Satélites

Hace tan sólo cincuenta años todo lo que se podía ver en el cielo nocturno era de origen inequívocamente natural. En 1957 fue lanzado el Sputnik I, el primer satélite artificial, al que luego seguirían otros ocho mil ingenios espaciales que actualmente surcan el firmamento como una nube de abejas. Debido a su tamaño, a su cercanía a la Tierra o a su superficie especialmente reflectante, muchos de ellos son observables a simple vista durante las primeras horas de la noche, como puntos luminosos que se mueven con cierta velocidad. Tal es el caso de los famosos “iridium”, una familia de satélites de telefonía móvil, provistos de grandes antenas metálicas que en ocasiones reflejan la luz del Sol directamente hacia determinadas regiones de nuestro planeta desde las cuales se ven potentes destellos de luz, en ocasiones hasta a pleno día, llegando a brillar treinta veces más que el planeta Venus. También destaca la luminosidad de la Estación Espacial Internacional, que, al dar la vuelta a la Tierra cada hora y media se deja ver durante unos minutos. Igualmente visible, aunque menos brillante, es el legendario Telescopio Espacial Hubble, por lo menos hasta que la NASA decida dejarlo morir y caer en el Pacífico Sur. Por cierto, que las reentradas de satélites obsoletos, módulos de cohetes y demás “basura espacial” también constituyen fenómenos espectaculares y ya nada infrecuentes. En cualquier caso los satélites han supuesto un notable avance para la humanidad, y un serio revés para la fotografía astronómica que intenta esquivarlos a toda costa. Es el signo de los tiempos.