Naucrates

Noticias y comentarios sobre Astronomía (y otras cosas remotamente relacionadas)

24 diciembre 2005

25 de diciembre

Cuando se acerca el final del año, se hace inevitable invocar al significado de la Navidad, aunque sea de forma tangencial, y también lo hacemos desde esta columna de divulgación científica. Además de por sus evidentes vínculos cosmográficos –la Navidad coincide aproximadamente con el solsticio de invierno, el día más corto de año- los astrónomos tienen una motivación adicional para celebrar estas fiestas. Como todos saben, el 25 de diciembre conmemoramos el nacimiento de uno de los hombres más importantes que han caminado sobre la faz de la Tierra. Fue un visionario, que ofreció a su mundo y al nuestro el precioso regalo de la verdad. Aunque no todos supieron comprenderlo, contribuyó al nacimiento de una nueva era. Nacido en el seno de una familia humilde, pronto destacó entre los sabios de su época, aunque su existencia pasó desapercibida a gran parte de la humanidad. Tuvo numerosos discípulos, que difundieron sus enseñanzas por todo el mundo conocido. Sus ideas, de alcance universal, revolucionaron la sociedad de su época y todavía siguen marcando el pensamiento de nuestro tiempo. Sus palabras, plasmadas en multitud de escritos, han sido citadas durante siglos, aunque seguramente muy pocos las han entendido en toda su magnitud. Motivo de múltiples controversias, su pensamiento es objeto en la actualidad de una profunda revisión, si bien el mensaje central, que en realidad es asombrosamente simple, permanece inalterado. Nació el 25 de diciembre de 1642, hace 363 años, y está considerado como el científico más grande de todos los tiempos. ¡Feliz cumpleaños, Sir Isaac Newton!

Big Bang (y II)

Uno de los principales debates de la Cosmología actual intenta dilucidar si la expansión del Universo originada en el Big Bang continuará eternamente o si, por el contrario llegará a un máximo tras el cual volverá a contraerse hasta que todo vuelva a comprimirse en un único punto en una gran “implosión” llamada “Big Crunch” (“Gran Crujido”). Los científicos distinguen tres posibles escenarios para describir la evolución futura del Cosmos: puede expandirse cada vez más rápido y acabar evaporándose, también puede continuar expandiéndose, pero a velocidad constante; y por último puede detenerse y retrotraerse hasta un Big Crunch. El factor clave que determinará por cuál de estos tres caminos se encauzará el Universo es su propia masa total. En efecto, si el Cosmos contiene suficiente materia, su atracción gravitatoria conseguirá frenar antes o después esta expansión y hacer que las galaxias vuelvan a acercarse entre sí. La cantidad de materia “visible” que hay en el Universo es, con mucho, insuficiente para provocar este efecto, pero desde hace unos años se sabe que en realidad la materia “visible” (básicamente las estrellas) constituye sólo un 5 % de toda la materia realmente existente. Habría que añadir dos substancias exóticas llamadas “materia obscura” y “energía obscura” que, a pesar de su naturaleza desconocida, constituirían la práctica totalidad del Universo. Ya que somos incapaces de observar de cualquier forma estas substancias, medir su abundancia en el Universo es harto difícil, y en esta tarea andan enfrascados numerosos equipos internacionales de astrofísicos actualmente.

Big Bang (I)

El astrónomo Edwin Hubble (en cuyo honor se bautizó el famoso telescopio espacial) descubrió en la década de los 30 del pasado siglo un hecho asombroso que ha condicionado el desarrollo posterior de la Astronomía hasta la actualidad: las galaxias se están separando entre sí a gran velocidad, tanto mayor cuanto más distantes están unas de otras. Dicho de otra forma, el Universo está en constante expansión. Esto implica que, en un pasado remoto, las galaxias estaban mucho más próximas entre sí de lo que están actualmente. Si nos retrotraemos lo suficiente en el tiempo, llegamos a la conclusión de que todo el Cosmos estuvo una vez confinado en un único punto más pequeño que un átomo. Imaginemos por un instante toda la materia del Universo –estrellas, planetas, nosotros mismos- aprisionada en este punto que estalló, según las teorías actuales, hace unos 13.000 millones de años, dando origen a todo lo conocido, en una colosal explosión conocida como “Big Bang”. En realidad, el espacio y el tiempo también se originaron en este instante, por lo que no tiene mucho sentido preguntarse qué es lo que había “antes” del Big Bang: lo que no había era un “antes”. Los científicos han conseguido descifrar la historia temprana del Universo hasta casi el mismo instante de la Gran Explosión. Durante los momentos iniciales, la materia y la energía estaban mezcladas entre sí, y de hecho lo que hoy conocemos como “luz” no surgió hasta 300.000 años después, el primer instante que podemos rastrear mediante el uso de telescopios. Fue entonces cuando se organizaron las primeras galaxias primitivas.

Perseo

Es bastante sencillo identificar esta constelación en el cielo otoñal, en lo más alto del firmamento a medianoche, aproximadamente entre Casiopea y el Toro. En las leyendas griegas muchos héroes mitológicos eran recompensados inmortalizándolos en la bóveda celeste, y Zeus glorificó a Perseo otorgándole una gran constelación. Al parecer, este guerrero, montado sobre Pegaso, el caballo volador, rescató a Andrómeda de la temible Ballena. Todos estos personajes representan ahora ese mismo drama en el cielo, en forma de constelaciones bastante cercanas entre sí. En concreto, Perseo es una región especialmente rica en objetos astronómicos interesantes, ya que está cruzada por la Vía Láctea. Entre ellos destaca el famoso “doble cúmulo”, pues tal parece observado con unos prismáticos –aunque en realidad se distingue ya a simple vista-: una pareja de montoncitos de estrellas agrupadas densamente. Pero sin duda el astro de Perseo que más ha llamado la atención a los astrónomos es una estrella, la segunda más brillante de la constelación, llamada Algol, que significa “demonio”. Ya en el siglo XVII se dieron cuenta de que su brillo oscilaba periódicamente, de forma que su luminosidad se reduce a un tercio de lo normal cada tres días. Hoy se sabe que este extraño comportamiento se debe a la existencia de una estrella compañera más pequeña y oscura que orbita alrededor de Algol y la “eclipsa” a intervalos regulares. Hoy se conoces cientos de casos parecidos.
Y no olvidemos que es de Perseo donde parecen proceder las famosas “perseidas”, la lluvia de estrellas fugaces más importante del año.

OVNIs

A menudo nos preguntan a los astrónomos aficionados si creemos o no en los OVNIs. En su sentido etimológico, es muy fácil presenciar objetos voladores no identificados; pero esta fase de indeterminación suele ser breve y transitoria hasta que “identificamos” correctamente tal objeto. Para personas no muy habituadas a contemplar el cielo, es fácil confundir diversos fenómenos con presuntos OVNIs: cometas, bólidos, planetas brillantes, incluso aviones y otros ingenios artificiales. Cuando se interpreta tales fenómenos como naves extraterrestres, entonces dejan de ser “no identificados”. El problema es que esta conjetura no puede ser una hipótesis científica, ya que no es comprobable. Más bien parece un último recurso que en realidad no explica nada. Muchos van más allá y afirman haber estado en contacto con alienígenas o haber sido raptados a bordo de naves espaciales procedentes de otros mundos. Lo cierto es que más del 90 % de los casos OVNI a nivel mundial han podido ser explicados mediante causas naturales. El otro 10 % se corresponden con testimonios tan vagos e imprecisos que son imposibles de investigar de forma metódica. Aun suponiendo que los viajes interestelares fueran posibles, no parece lógica la actitud esquiva de estos visitantes, que se dedican a jugar al gato y al ratón con nosotros tras recorrer esas enormes distancias. De todas formas, son precisamente los astrónomos, dedicados a mirar al cielo, los que menos crédito dan a los “platillos volantes”, al contrario que muchos oportunistas vendedores de misterios, que intentan aprovecharse de la ignorancia ajena.

Oposición de Marte (y II)

El Planeta Rojo será el protagonista indiscutible de los cielos otoñales. Se le puede ver durante prácticamente toda la noche, brillando como el más luminoso planeta de la bóveda celeste -por lo menos una vez que llega el ocaso de su hermano Venus-. De todos los mundos conocidos, a pesar de las notables deferencias existentes, es el más parecido a la Tierra. Su día dura algo más de 24 horas y también presenta estaciones, aunque el año marciano dura 23 meses. Es relativamente pequeño (dos tercios del diámetro terrestre), y su atmósfera, mucho menos densa que la nuestra, carece prácticamente de oxígeno. Los científicos piensan que hace miles de millones de años tenía grandes extensiones oceánicas en su superficie y posiblemente la vida llegó a aparecer allí, si bien hoy es un planeta presumiblemente estéril. Diversos ingenios robotizados están ahora explorándolo a fondo en busca de pistas para confirmarlo. A simple vista estos días se ve del tamaño de una moneda de 1 euro colocada a 100 m, por lo que su estudio requiere del uso de telescopios. Con ellos se aprecian algunos detalles de su geografía, como los casquetes polares –unas manchas blanquecinas formadas por el acúmulo de dióxido de carbono congelado- y la “gran ciénaga”, una llanura grisácea en forma de Y invertida que contrasta con el fondo anaranjado, y cuya posición nos va indicando el movimiento de rotación marciano. La observación de otros accidentes requiere equipos especializados y mucha experiencia en planetología. Una buena ocasión, en definitiva, para contemplar Marte y de paso comprobar nuestra agudeza visual.

05 diciembre 2005

En la Luna

Internet y ciertas publicaciones sensacionalistas están extendiendo el rumor de que en realidad las naves de la NASA jamás llegaron a la superficie de la Luna hace 35 años. En realidad –esgrimen- todo fue un gran fraude, una conspiración orquestada desde el gobierno norteamericano que llevó a simular el alunizaje en unos estudios de televisión. Al parecer, un análisis detallado de las fotografías realizadas por los astronautas estadounidenses revela la imposibilidad de que tales documentos procedan de nuestro satélite. Hay que decir que todos estos argumentos, basados en ciertas malinterpretaciones y desconocimientos sobre Astronomía y fotografía, no resisten una crítica seria. Existen pruebas irrefutables que demuestran que todas las Apolo desde la XI a la XVII (exceptuando, por motivos de sobra conocidos, la XIII) alunizaron exitosamente en diversos puntos de la geografía lunar; llevando, entre 1969 y 1971, a un total de 12 hombres y gran cantidad de material científico –material que en gran parte permanece aún allí enviándonos datos-. Durante esta serie de misiones se trajeron a la Tierra casi media tonelada de rocas lunares, cuya composición no deja lugar a duda en cuanto a su origen. Lamentablemente, diversos condicionantes económicos y políticos pararon en seco la conquista de la Luna, que tímidamente se está reanudando en la actualidad. Curiosamente, los escépticos respecto a esta enorme gesta tecnológica suelen creer sin vacilar en visitas de OVNIs y otras historias semejantes. El hombre, efectivamente, llegó a la Luna, pero se ve que muchos siguen en ella.