Naucrates

Noticias y comentarios sobre Astronomía (y otras cosas remotamente relacionadas)

30 marzo 2006

Tecnología

La Astronomía esta siendo una de las ciencias que más provecho está obteniendo de la actual revolución tecnológica, en especial en los campos de la óptica y la informática. Más allá de la astronomía espacial, en la que los telescopios orbitales y las sondas interplanetarias han revolucionado nuestra concepción del Cosmos, los estudiosos del cielo han encontrado medios de escrutar de forma más eficiente la información que procede del Universo en forma de luz. Los modernos ordenadores son capaces de procesar grandes cantidades de datos procedentes de todos los rincones del firmamento, haciendo en segundos el trabajo que hace unos años hubiera precisado de un ejército de científicos. Los nuevos telescopios están obteniendo imágenes sobrecogedoras de galaxias situadas a miles de millones de años-luz. La Astronomía contemporánea no se limita a la luz visible, la radiación que desprenden los cuerpos celestes en otras longitudes de onda (como en infrarrojos o en microondas) resulta vital para comprender su estructura y su génesis. Por otra parte, esta revolución también ha llegado a los aficionados; actualmente cualquier astrónomo amateur puede disponer de instrumental muy asequible que hubiera sido la envidia de cualquier observatorio profesional hace tan sólo unas décadas. Prueba de ello son los continuos descubrimientos astronómicos –nuevos cometas, asteroides, supernovas- protagonizados por observadores desde el patio de su casa. Y, por lo que vemos, todo esto no ha hecho más que comenzar. La Astronomía está viviendo una Edad de Oro y afortunadamente estamos aquí para presenciarla.

22 marzo 2006

Eclipse

Hay que remontarse varias décadas en la historia para hallar otro periodo de menos de medio año en el que hayan sido observables dos eclipses de Sol seguidos desde León. Tras el espectacular eclipse anular de octubre del año pasado, la Luna se interpone entre el Sol y nuestro planeta una vez más durante la mañana del próximo miércoles, en un fenómeno quizá menos espectacular que aquél –desde aquí sólo se tapará una quinta parte de la estrella- pero sin duda igual de interesante. Los eclipses, como todos los fenómenos astronómicos que impliquen a estos cuerpos celestes, están sometidos a ciertas regularidades que permiten predecirlos con notable anticipación. Se producen cuando coinciden dos eventos simultáneamente: que la Luna esté en fase llena o nueva y que el Sol esté atravesando uno de sus “nodos” (los dos puntos de su órbita aparente que coinciden con la de la Luna). Si hacemos números veremos que normalmente ocurren en parejas de eclipse lunar-eclipse solar separados por medio mes (efectivamente, hace unos días tuvo lugar el correspondiente eclipse de Luna) y que, en conjunto, no pueden darse más de siete ni menos de dos al año. Hay años excepcionales sin eclipses lunares, en los que como mínimo acontecen dos de Sol. Por lo tanto, y en contra de la creencia popular, los eclipses solares son más frecuentes, pero los de Luna se ven desde regiones geográficas mucho más amplias, por lo que a lo largo de nuestra vida a buen seguro recordamos bastantes más fenómenos de este tipo. No faltan alicientes para presenciar este miércoles el último eclipse visible desde León hasta 2011.

17 marzo 2006

Púlsar

En las etapas finales de la vida de las estrellas muy grandes se producen formidables cataclismos que los astrónomos han comenzado a comprender sólo hace unas décadas. Cuando la presión del horno nuclear del corazón de una estrella sucumbe ante su colosal fuerza de gravedad, el astro se desploma sobre sí mismo en una gran “implosión” que desde nuestro planeta vemos como una supernova. Los electrones de los átomos que lo componen caen sobre los protones del núcleo, fusionándose con ellos y formando neutrones. Tales estrellas de neutrones están compuestas de una substancia exótica, llamada “materia degenerada”, que es increíblemente densa: una cucharadita pesaría tanto como una montaña. Estos soles colapsados están además enormemente calientes, a más de tres mil millones de grados centígrados. Dotados de un poderoso campo magnético, rotan sobre sí mismos a gran velocidad –hasta miles de veces por segundo- de forma que de sus polos emergen intensos chorros de radiación que en ocasiones llegan a la Tierra en forma de señales intermitentes o pulsantes. En 1967 el astrónomo Anthony Hewish descubrió en la constelación de Tauro la primera “estrella pulsante” o “púlsar”, por lo que fue recompensado años más tarde con el Premio Nóbel. Las señales procedentes de este astro eran tan constantes y regulares (mucho más que el mejor reloj de la época) que en un principio se pensó que procedían de una hipotética civilización extraterrestre, hasta que su origen natural se hizo evidente. Hoy en día se conocen cientos de estas estrellas que actúan como potentes faros en la inmensidad del océano cósmico.

Analema

Todos hemos observado que la altura del Sol varía a medida que transcurren las estaciones. En verano sus rayos nos calientan desde casi lo más alto del cielo, mientras que en invierno apenas despunta sobre el horizonte. Si tomáramos nota diariamente de la posición del Astro Rey al mediodía, podríamos suponer que, al cabo de un año, recorre una trayectoria recta desde el punto más alto al más bajo y de nuevo hacia arriba. En realidad dibuja una curiosísima figura en forma de ocho llamada “analema”, conocida ya desde la antigüedad. Algunos astrónomos han tenido la paciencia de fotografiar el Sol a diario durante un año entero, y el analema, efectivamente, aparece al superponer todas las fotografías. Debido a que la órbita de la Tierra alrededor de la estrella no es circular –sino elíptica-, y además está inclinada respecto al ecuador de nuestro planeta, el Sol sufre ciertos retrasos y adelantos que hacen que el mediodía solar (el momento en el que alcanza su punto más alto en el cielo) no se produzca siempre a la misma hora. Esto hace que la hora de los relojes de sol pueda diferir considerablemente de la hora oficial, hasta un cuarto de hora durante ciertos días. Los relojes de sol “analemáticos” están diseñados para corregir esta diferencia, sirviendo además en este caso de calendario aproximado. En otros relojes más sencillos es común situar cerca una grabado en piedra o en placa metálica con un dibujo del analema para que el usuario pueda calcular sencillamente el retraso o adelanto que hay que aplicar, según el día del año, a la hora indicada por la sombra del pivote o “gnomon”.

Foucault

A medida que transcurrieron los siglos se hizo cada vez más evidente que era mucho más sencillo suponer una Tierra girando entorno a su eje una vez al día, y no un mundo estático con el resto del Cosmos dando vueltas a su alrededor. La demostración experimental más elegante y simple de la rotación de nuestro planeta fue ideada por el físico francés León Foucault, quien en 1851 colgó una pesada bola de metal de un cable de 64 m en el Panteón de París. Foucault sabía que el plano de oscilación de un péndulo tiende a mantenerse invariable, es decir, si impulsamos un péndulo en una determinada dirección (por ejemplo Norte-Sur), ésta se mantendrá constante, por mucho que hagamos girar el armazón. Pero el hecho cierto es que el péndulo de Foucault sí giraba, a razón de una circunvolución completa cada 32 horas. La única forma de explicar esta paradoja era suponer que el péndulo siempre oscilaba en la misma dirección, en realidad lo que estaba dando vueltas era el suelo del Panteón, París y en definitiva todo el planeta: en efecto, la Tierra se movía, tal como ya sostuviera Galileo tres siglos antes (a costa de serios disgustos). Estos péndulos tardan una cantidad variable de tiempo en completar una vuelta, en función de la latitud del lugar donde se emplacen. Si colocáramos uno en el Polo Norte, este período es de exactamente un día. En León tarda algo más de 36 horas. Finalmente, si observáramos un péndulo de Foucault en el Ecuador comprobaríamos que no gira en absoluto. Este invento es, pues, una idea sencilla que puso fin a una de las más largas discusiones de la historia de la Ciencia

Colón (y III)

En las anotaciones que realizó Colón a lo largo de sus viajes encontramos curiosas referencias a observaciones astronómicas, muchas de ellas realizadas por él mismo. Por ejemplo, al estudiar la Estrella Polar desde Venezuela se dio cuenta de que en realidad no permanecía fija en el cielo, sino que giraba diariamente alrededor del Polo Norte celeste. Entre la estrella y este punto hay, en efecto, una distancia pequeña pero mensurable, equivalente aproximadamente al diámetro de la Luna visto desde la Tierra. Este hecho, que no fue confirmado hasta medio siglo después, introduce pequeños errores en las tablas náuticas que es necesario corregir si no se quiere perder el rumbo. Colón fue también una de las primeras personas que reconoció que la brújula no señala exactamente al Norte. Desde España, la aguja apunta unos 5 grados al Oeste de la posición “correcta”. El Almirante observó que este ángulo se iba reduciendo a medida que se acercaba a América, de forma que en las Antillas era prácticamente nulo. Este fenómeno, denominado “declinación magnética”, del que hablaremos en próximos artículos, se debe a que los polos magnéticos del planeta –los que atraen a la brújula- no coinciden exactamente con los polos geográficos que nos sirven de referencia para establecer los puntos cardinales. Pero sin duda las observaciones astronómicas más famosas de Colón son las de los dos eclipses de Luna avistados desde tierras caribeñas, que, en contra de la leyenda popular, no empleó para amedrentar a los indígenas, sino para calcular de forma aproximada la posición geográfica de ese nuevo mundo.