Naucrates

Noticias y comentarios sobre Astronomía (y otras cosas remotamente relacionadas)

25 mayo 2006

Galileo

El primer astro que estamos viendo aparecer por el Este al atardecer estos días no es otro que Júpiter, el mayor de los planetas, y actualmente el cuerpo más brillante del cielo nocturno después de la Luna. Cuando Galileo Galilei apuntó por primera vez hace cuatro siglos su rudimentario catalejo -construido por él mismo- hacia esta luz, poco podría sospechar que lo que vería acabaría desembocando en una de las mayores revoluciones científicas de la historia. Alrededor del disco planetario había cuatro lucecitas brillantes, que no eran estrellas del fondo de la bóveda celeste sino que se movían alrededor de Júpiter, en ocasiones pasando por delante de él, creando un pequeño “eclipse”. Después de todo, había cosas que no giraban entorno a nuestro planeta, como aún defendía la postura oficial por aquél entonces. Esto, junto con otras valiosísimas aportaciones de Galileo, ayudó en gran medida a la implantación del sistema heliocéntrico de Copérnico, que sostiene que los planetas giran alrededor del Sol, y no entorno a la Tierra. Los cuatro satélites de Júpiter fueron bautizados por Galileo como “astros medíceos”, en honor a sus mecenas los Medici, aunque hoy se conocen como Io, Europa, Ganimedes y Calisto, las más brillantes de las 65 lunas conocidas de Júpiter. Podemos intentar emular al genial astrónomo italiano y, con la ayuda de un pequeño telescopio -o incluso de unos prismáticos- seguir diariamente la trayectoria de estos puntos de luz alrededor del gigante blanquecino. Con suerte veremos a alguno de ellos proyectar su sombra sobre el planeta, o, por el contrario, desaparecer detrás de él.

Perros

Los mejores amigos del hombre han sido inmortalizados en varias regiones de la bóveda celeste en forma de constelaciones; tenemos por ejemplo al Can Mayor y al Can Menor, los perros del gigante cazador Orión que les sigue de cerca en el firmamento invernal. Sirio –la estrella más brillante del cielo y una de las más cercanas- y Proción son, respectivamente, sus astros más destacados. Menos conocida será quizá la constelación de los Lebreles o Perros de Caza, llamada en latín “Canes Venatici”, que se supone representa dos de estos animales, llamados “Chara” (“Querido”) y “Asterion” (“Estrellado”), cuyo amo, el Pastor, también es una constelación cercana. Concretamente se sitúa entre ésta y la Osa Mayor, y para localizarla es necesario un cielo oscuro ya que sus componentes no son especialmente brillantes. De hecho, es una constelación artificial, creada por el astrónomo polaco Johannes Hevelius hace tres siglos para rellenar un molesto hueco que existía en esa zona. El principal sol de esta región del cosmos fue bautizado por Halley como “Cor Caroli”, esto es, “Corazón de Carlos”, en honor a Carlos II, rey de Inglaterra y fundador del famoso observatorio de Greenwich en el siglo XVII. Se trata de una estrella doble, una de las más hermosas de todo el cielo, pero no es el único objeto interesante para el astrónomo aficionado. Tenemos también el llamado “remolino” o “molinillo”, una espectacular galaxia espiral, suficientemente brillante como para que presente este aspecto incluso con telescopios sencillos. Destaca igualmente un cúmulo globular de estrellas llamado M3situado a 35.000 años-luz de nosotros.

73P

Así se conoce al cometa estrella de esta primavera, si bien su nombre completo es “Schwassmann-Wachmann”, en honor a los astrónomos que lo descubrieron en 1930. Se trata de un fragmento de hielo y rocas que gira alrededor del Sol describiendo una órbita elíptica, de forma que periódicamente se acerca a la estrella lo suficiente como para que su radiación “despierte” al astro y comience a brillar con gran fulgor. Esto es precisamente lo que está sucediendo durante estos días, en los que el cometa puede verse con unos simples prismáticos, moviéndose lentamente a través de la constelación del Cisne. Pero lo que hace excepcional a este cometa es la fragmentación que sufrió hace once años, en la que se desgajaron varios pedazos, que hoy se cuentan por docenas, que persiguen al cuerpo principal como si fuera un séquito celeste. Por lo menos dos de esos trozos son discernibles con instrumentos de aficionado desde León. Los cometas periódicos suelen acabar así sus vidas, erosionados y desgastados por la incesante lluvia de partículas procedentes del Sol –el llamado “viento solar”- que arranca de su superficie partículas de hielo y polvo que desde la Tierra vemos como la cola del cometa. Recordemos, sin ir más lejos, el famoso cometa Shoemaker-Levi, que ya fue descubierto dividido en un “tren” de veintiún fragmentos que impactaron violentamente contra Júpiter el 16 de julio de 1994. El 73P está actualmente a unos 9 millones de kilómetros de nosotros y no hay peligro de colisión con la Tierra, aunque no se ha descartado que algún trocito caiga sobre la Luna a finales de mes. Habrá que estar atentos.

04 mayo 2006

Fuego

¿De dónde proceden la luz y el calor del Sol? Cuando describimos a la estrella como una inmensa “bola de fuego”, hacemos referencia, quizá inconscientemente, al único fenómeno natural que intuitivamente es capaz de liberar tan ingentes cantidades de energía: el fuego. Sin embargo, ya los primeros científicos que se interesaron por esta cuestión descartaron la combustión como proceso físico generador de la radiación solar. Además de que en el espacio no hay oxígeno, es imposible que este agente mantenga esa descomunal producción energética durante mucho tiempo. Cuando se descubrió que la Tierra, y por lo tanto el Astro Rey, tenían miles de millones de años, hubo inevitablemente que invocar otra hipótesis para explicar cómo el Sol, aparentemente imperturbable, sigue relumbrando a lo largo de los milenios. La respuesta vino a partir de la famosa ecuación de Einstein, que afirma que la materia es una forma condensada de la energía, tanto que si conseguimos liberar toda la energía contenida en un solo gramo de materia obtendremos el equivalente a 2.000 toneladas de petróleo. Esto explica, por ejemplo, el enorme poder destructivo de las bombas de hidrógeno. En el interior del Sol se están produciendo constantemente fusiones de partículas, la más común es la combinación de dos núcleos de hidrógeno para producir uno de helio, con la salvedad de que en el proceso se pierde algo de masa o, mejor dicho, ésta se transforma en energía, en luz y calor. Esta pequeña pérdida de materia, a la escala de una estrella, supone que el Sol “adelgaza” del orden de 4 millones de toneladas cada segundo que pasa.

Polos (y II)

Además de desplazarse lentamente, el campo magnético terrestre no siempre ha tenido la misma intensidad. Se sabe que ha perdido una décima parte de la fuerza que tenía en el siglo XIX, pero los expertos encuadran esta disminución dentro del intervalo de las oscilaciones normales. Esto, sin embargo, no ha sido siembre así: se conocen momentos de la historia de nuestro planeta durante los cuales este campo ha desaparecido por completo. En esta situación, la superficie de la Tierra queda completamente desprotegida frente al llamado “viento solar”, que a la larga acabaría esterilizando nuestro pequeño mundo (como ya ha hecho con Marte, con un campo magnético muy débil). Algunos creen que esto puede explicar las extinciones masivas que periódicamente diezman la vida en la Tierra. El magnetismo terrestre se origina en el núcleo del planeta, compuesto básicamente de hierro fundido, que al girar algo más lento que el resto de la Tierra actúa como una “dinamo”. Más sorprendente es el hecho de que los polos magnéticos se invierten, más o menos súbitamente, cada cierto tiempo (es decir, el norte pasa a ser el sur y viceversa). Estos cambios quedan grabados en la polaridad de los cristales de algunas rocas, lo cual es útil para datarlas. Por ejemplo, los investigadores de Atapuerca saben que el Homo antecessor vivió hace más de 780.000 años, pues en tal fecha aconteció la última inversión de los polos, y así quedó grabado en los minerales asociados a estos fósiles. Estos cambios son hasta cierto punto impredecibles, pero los científicos están razonablemente seguros de que el próximo no es inminente

Polos (I)

Comentábamos hace unas semanas que los polos magnéticos de la Tierra no coinciden con los geográficos, lo que hace que la aguja de la brújula no señale exactamente al Norte, sino que mantenga siempre una cierto ángulo –llamado declinación- con respecto a esta dirección, que en España es de unos 5 grados. En concreto, el Polo Norte magnético está situado a 1800 km del geográfico, en la Isla de Bathurst, al N de Canadá, en pleno territorio esquimal; mientras que el Sur está cerca de la costa de la Antártida, a 2000 km del Polo Sur (de lo cual se deduce, además, que el eje magnético del planeta no pasa por el centro de la Tierra). Sorprendentemente, estos puntos están cambiando constantemente de posición, y, según recientes investigaciones, la velocidad con que lo hacen ha aumentado recientemente hasta unos 100 m diarios, sin que aún se sepa aún la razón exacta. En efecto, durante el último siglo el Polo Norte magnético se ha desplazado hacia el norte más de 1000 km, y, de seguir a este ritmo, los expertos no descartan que acabe cruzando el Ártico y llegue a Siberia en unas décadas. En esta situación, la observación de auroras boreales será cada vez más favorable para los europeos, en cuanto que se trata de fenómenos asociados a la actividad geomagética de la Tierra que se producen al desviarse y canalizarse ciertas radiaciones solares a través de estos polos, librándonos de paso de sus nocivos efectos que acabarían con la vida en la superficie en pocos años. En cualquier caso, el extraño movimiento de los polos parece un tema que tendrá ocupada a la comunidad científica durante bastante tiempo.

Espejos

En contra de lo que pudiera parecer, la mayoría de los telescopios de los observatorios astronómicos profesionales carecen de lentes: el aumento de la imagen se consigue mediante una combinación de espejos, generalmente uno grande y cóncavo que recoge la luz procedente del cielo, y otro convexo más pequeño que dirige la imagen hacia el observador. Estos telescopios “reflectores”, inventados por Isaac Newton a finales del siglo XVII, consiguen incrementar de forma considerable la luminosidad de los astros, permitiéndonos ver cuerpos hasta 10.000 veces más débiles que el más tenue observable a simple vista. Los telescopios de lentes o “refractores”, como el que usaba Galileo, aparte de resultar considerablemente más caros, presentan una serie de limitaciones funcionales que les hacen inviables para la mayoría de las aplicaciones científicas, habiendo caído en desuso desde hace varias décadas. Los mayores espejos usados en Astronomía superan los 10 m de diámetro, y su construcción no es nada sencilla ya que requieren un grado de perfección extrema en su pulido. De hecho, resulta más fácil fabricarlos en varios fragmentos y luego unirlos en un gigantesco puzzle, como han hecho en el Gran Telescopio CANARIAS, que pronto estará operativo en la Isla de La Palma. Estos gigantes son, no obstante, algo flexibles y llegan a deformarse por su propio peso al variar de posición, por lo que se han diseñado sistemas de “óptica activa” que contrarrestan estas imperfecciones. Gracias a ellos obtenemos no solo imágenes de gran belleza plástica, sino también información detallada del origen y evolución del Universo.