Naucrates

Noticias y comentarios sobre Astronomía (y otras cosas remotamente relacionadas)

25 julio 2006

Afelio

Hace unas semanas, concretamente el 4 de julio, tuvo lugar el “afelio” de la Tierra: la distancia al Sol alcanzó su máximo anual, situándose nuestro planeta unos cinco millones de kilómetros más lejos de la estrella que durante el mayor acercamiento, que acontece a principios de enero –esto es, el “perihelio”-. Para los habitantes del hemisferio Norte puede resultar algo chocante, ya que parece lógico suponer que, cuanto más lejos estamos del Astro Rey, más frío deberíamos sentir. En realidad el transcurso de las estaciones se debe a la inclinación del eje de giro de la Tierra, que hace que en verano los días sean especialmente largos y que el Sol se mueva muy alto durante el mediodía, aunque realmente estemos algo más lejos de él que en invierno. Esto se puede comprobar viendo que el tamaño aparente del Sol es efectivamente algo mayor en enero que en julio. En tierras australes sí que coincide el máximo acercamiento del Sol con el verano, pero el supuesto efecto acumulativo de esta coincidencia se ve atenuado por la mayor superficie oceánica de la que goza el hemisferio Sur, de forma que los mares actúan como eficaces reguladores térmicos. Pero esto no ha sido siempre así. Hace diez milenios la situación era justo la contraria –es decir, la coincidencia entre el invierno y el afelio acontecía para nuestro hemisferio- y algunos estudiosos suponen que tal situación, en combinación con otros fenómenos, pudo desatar las célebres “glaciaciones” que sumen periódicamente a buena parte de nuestro mundo en un desolado desierto de hielo, y de las cuales, por cierto, no estamos exentos en el futuro

Paralaje

¿Cómo hemos llegado a conocer con relativa precisión la distancia que nos separa de los astros? La Ciencia ha ideado históricamente varios métodos para estimar estas cifras “astronómicas”, en contra de lo que pudiera creerse en muchos casos no hacen falta complejas técnicas ni aparatos sofisticados, sino más bien una cierta capacidad de observación y unos cálculos sencillos. Un experimento muy simple nos revelará el fundamento de uno de los métodos más célebres: observe, sin moverlo, su dedo pulgar con el brazo extendido alternativamente con uno y otro ojo: verá que su posición parece cambiar con respecto a los objetos del fondo por un simple efecto de perspectiva. Midiendo este desplazamiento aparente, llamado paralaje, y la separación entre nuestros ojos podemos calcular la distancia a nuestro dedo con aplicando matemáticas elementales. Veremos que cuanto más lejano es un objeto, tanto menor es su paralaje. Para poder medir este desplazamiento en algo tan alejado como la Luna o un planeta, debemos observarlo simultáneamente desde posiciones geográficamente muy distantes, si es preciso desde extremos opuestos del globo. Incluso nuestro planeta se queda pequeño si pretendemos medir paralajes de astros ajenos al Sistema Solar: debemos utilizar todo lo que da de sí nuestra trayectoria alrededor del Sol, midiendo con precisión la posición del objeto en cuestión a intervalos de medio año, durante el cual la Tierra se sitúa en posiciones opuestas a lo largo de su órbita. De esta forma se calculó la distancia que nos separa de nuestros vecinos más inmediatos, incluyendo algunas estrellas cercanas

Messier

La invención del telescopio en el siglo XVII permitió el descubrimiento de una cantidad ingente de nuevos astros que hasta entonces permanecían ocultos a la curiosidad humana. Nuevos aparatos, más complejos y con ópticas más perfectas, se fueron sucediendo con el transcurso de las décadas, haciendo posible el estudio científico de cuerpos remotamente lejanos o con brillos muy débiles. Así, en el Siglo de las Luces los avistamientos de nuevos cometas se sucedían sin pausa, pero muchos descubrimientos resultaron ser erróneos al comprobarse luego la verdadera naturaleza de estos astros. El astrónomo francés Charles Messier tuvo la feliz idea de recopilar todos los cuerpos que, por su aspecto borroso y difuso, eran susceptibles de confundirse con cometas. A lo largo de su vida elaboró su famoso “catálogo Messier”, que consta de 110 objetos que adornan la bóveda celeste, algunos de ellos observables a simple vista. El compendio agrupa lo que hoy conocemos como galaxias, nebulosas y cúmulos estelares, que aún hoy se identifican por su entrada en este catálogo; así tenemos la “Messier 31” –o, más brevemente, M31-, que es la famosa Galaxia de Andrómeda; M45 (las Pléyades) o M1 (la nebulosa del Cangrejo). Ya lejos de su propósito inicial, en la actualidad el catálogo de Charles Messier supone una selección de los más hermosos objetos del firmamento boreal, que suelen ser el objetivo predilecto de todos los astrónomos aficionados. En compensación a su obra, Napoleón impuso a este distinguido científico la Legión de Honor en 1806, y hoy su nombre está inmortalizado en uno de los cráteres lunares.

Transbordadores

La creación de un vehículo espacial reutilizable supuso un gran avance en la carrera astronáutica, abaratando significativamente los costes que suponen el envío regular de tripulación y mercancía a la órbita terrestre. Buena parte de la preponderancia actual de la agencia norteamericana frente a sus homólogos se basa en esta flotilla de transbordadores espaciales, que recientemente han cumplido un cuarto de siglo. Sin ellos la Estación Espacial Internacional o las reparaciones del Telescopio Espacial Hubble hubieran sido imposibles. Sin embargo la historia de estos ingenios está plagada de luces y sombras. Tras la euforia del éxito inicial, el accidente mortal del “Challenger” en 1986 supuso un jarro de agua fría del que la NASA aún no se ha recuperado. El desastre del “Columbia” en 2003 agravó aún más la situación, poniendo en tela de juicio los sistemas de seguridad en el diseño y mantenimiento de los aparatos, lo cual se agravó al comprobarse cómo la siguiente misión volvió a fallar exactamente con el mismo problema, obligando a improvisar una arriesgada operación de reparación en pleno vuelo. Las críticas arreciaron y el programa espacial ha ido acumulando un considerable retraso que ha supuesto la mayor crisis de la historia de la NASA. Los técnicos han llegado a la conclusión de que su tecnología es demasiado compleja y obsoleta como para garantizar la seguridad de la tripulación, de forma que los transbordadores restantes, “Atlantis”, “Endeavour” y “Discovery” se jubilarán definitivamente en 2010, con un montón de trabajo por hacer y, lo que es peor, sin ningún sustituto claro a la vista.