Naucrates

Noticias y comentarios sobre Astronomía (y otras cosas remotamente relacionadas)

20 agosto 2006

¿Planetas?

La discusión que ha venido manteniendo estos días la Unión Astronómica Internacional sobre la definición de “planeta” es en realidad bastante antigua. Intuitivamente se puede pensar que un planeta es todo cuerpo más o menos esférico –para descartar a los asteroides- orbitando alrededor de una estrella, que no tiene que ser necesariamente nuestro Sol. Si pasamos por alto que Ceres, el mayor de los asteroides, es bastante redondo (un dato relativamente reciente), este concepto se ajusta bastante bien a la lista de nueve astros que todos nos aprendimos en la escuela. El problema surgió al descubrirse hace unos años objetos celestes más allá de Neptuno indudablemente esféricos y de tamaño considerable –Xena, Varuna, Quaoar, Sedna, etc.- algunos de ellos, como se ha sabido recientemente, mayores incluso que el propio Plutón. Según el criterio clásico, habría que ampliar la familia solar en una docena de miembros; un listado además susceptible de aumentar indefinidamente a medida que progresan las prospecciones astronómicas de los confines del Sistema Solar. Una solución arbitraria, pero lógica, sería establecer un diámetro mínimo para que un astro se considere como planeta (por ejemplo, el de Mercurio, el segundo planeta más pequeño), lo cual supondría “degradar” a Plutón y a otros astros similares a la categoría de asteroides, cosa no muy bien vista en especial por los norteamericanos, que perderían así el único planeta descubierto por los Estados Unidos. Cuestiones semánticas y chauvinistas a parte, parece difícil alterar a estas alturas una lista que, como el de los Reyes Godos, forma parte de nuestra historia.

Cráteres

Una visión de la superficie lunar con unos simples prismáticos revela un paisaje desértico acribillado por cientos de cráteres que se superponen entre sí formando un relieve característico. Multitud de rocas espaciales, impactando contra la superficie de nuestro satélite durante millones de años, han sido los responsables de esta singular topografía, que se repite en otros muchos astros, como Mercurio o algunas lunas de Saturno. Incluso en la Tierra no nos hemos librado de algunas colisiones, si bien las huellas de tales cataclismos han sido paulatinamente borradas con el paso de los milenios. La Luna, sin embargo, carente de atmósfera o de agua en su superficie, retiene esas cicatrices como si hubieran pasado ayer. Los impactos eran mucho más frecuentes en tiempos remotos, presenciar uno hoy en día es algo excepcional, y recientemente un aficionado ha tenido la suerte de filmar el choque de un pequeño meteorito en la Luna que ha creado un cráter de 14 m. Afortunadamente, nuestra atmósfera nos protege de estas amenazas, formando una especie de escudo que frena a los meteoros en su caída, calentándolos y quemándolos antes de que lleguen a tierra. Sólo los realmente grandes consiguen atravesar esta barrera, si bien éstos son mucho más escasos (aunque más peligrosos). Hay sólidas teorías que defienden que los grandes cambios planetarios sufridos por la Tierra, como las grandes extinciones –no sólo la de los dinosaurios- están relacionadas con la caída de enormes asteroides, lo cual justifica de sobra los proyectos internacionales existentes dedicados as seguimiento y vigilancia de estas rocas.

Neptuno

Con unos simples binoculares o con un pequeño catalejo ya podemos apreciar este planeta, ahora visible durante toda la noche en la constelación de Capricornio. A pesar de ser un gigante gaseoso, será difícil distinguirlo de otras estrellitas cercanas, pues estamos observando ya los confines del Sistema Solar, a miles de millones de kilómetros de distancia. El descubrimiento de Neptuno es uno de los más curiosos de la historia de la Ciencia. Cuando los astrónomos estudiaron la órbita de Urano –el planeta inmediatamente anterior- se dieron cuenta de que experimentaba fluctuaciones extrañas, como si un hipotético cuerpo más allá “tirara hacia sí” de este mundo al pasar cerca de él. El matemático francés Le Verrier asumió la ingente tarea de calcular la posición de este astro perturbador. En agosto de 1846 anunció el resultado de sus indagaciones e instó al astrónomo Galle a que apuntara su telescopio en la dirección que señalaban sus cálculos. Para sorpresa de todos, Galle encontró Neptuno a las pocas horas de iniciar la observación. Allí estaba ese mundo azul marino –bautizado con el nombre del dios del mar-, el primero descubierto antes mediante papel, lápiz y una enorme dosis de talento, que por medios ópticos. Esta hazaña constituye uno de los mayores triunfos de la matemática aplicada, además de un refrendo empírico de las teorías sobre las que se basa la mecánica celeste. Neptuno está tan lejos que, desde que se descubrió, aún no ha dado una vuelta completa alrededor del Sol. Hoy sabemos que Galileo Galilei había visto ya este punto de luz en 1611, pero creyó que se trataba de una estrella más.