Naucrates

Noticias y comentarios sobre Astronomía (y otras cosas remotamente relacionadas)

28 septiembre 2006

Pareidolia

Con ese nombre se conoce al fenómeno psicológico por el cual reconocemos formas de objetos, animales e incluso personas en configuraciones más o menos aleatorias de la naturaleza, como nubes, árboles, etc. La pareidolia está a la orden del día en Astronomía, siendo quizá el caso más famoso el de la “cara de Marte”, una enorme esfinge de aspecto humanoide que algunos creyeron ver en las primeras fotografías en detalle que se tomaron del Planeta Rojo. En realidad se trataba de un efecto óptico originado por una alineación fortuita de ciertos elementos del relieve marciano, como se demostró más tarde. Las constelaciones no son más que figuras inventadas por el hombre, jugando a unir las estrellas mediante líneas imaginarias como si fueran puntos en el conocido pasatiempo. Las distintas civilizaciones han bautizado así a cada región del cielo de forma diferente, con nombres que aluden a sus propios referentes culturales o mitológicos. Por ejemplo, según nuestra tradición occidental el Sol recorre a lo largo del año unas constelaciones que, por recordar –en ocasiones de forma un tanto forzada- el aspecto de animales, se les conoce como “zodiacales”, como el Escorpión o los Peces. Pero no es de extrañar que los pueblos de la América precolombina vieran allí otros ajenos a nuestro entorno, como llamas o cóndores. Además, como en la bóveda celeste no hay sensación de profundidad, nos parece que todos los astros están a igual distancia, pero generalmente las estrellas de cada constelación están en planos muy diferentes y no tienen relación alguna entre sí, salvo su aparente proximidad vistas desde la Tierra.

21 septiembre 2006

Otoño

Ayer comenzó, fiel a su cita anual, esta estación astronómica. En el instante conocido como equinoccio autumnal suceden simultáneamente varios fenómenos de interés. Como todo el mundo sabe, la duración de los días y las noches se iguala, y a partir de ahora el periodo diurno será cada vez más y más corto hasta que alcance una duración mínima el día del solsticio de invierno. Ayer, además, el Sol salió exactamente por el este y se ocultó por el oeste, siendo, junto con el equinoccio de primavera, el único día del año en que así lo hace –en otras ocasiones lo hace más hacia el norte o el sur. En los países ecuatoriales el Astro Rey llega durante el mediodía al cenit, el punto más alto del cielo, y por ello los objetos verticales pierden su sombra durante unos instantes. Por el contrario, en el polo norte el Sol desapareció bajo el horizonte, y no lo volverán a ver desde esas regiones hasta la primavera que viene, pues es bien sabido que allí los días duran un año entero. Justo lo opuesto ha sucedido en el Polo Sur, donde comenzó un interminable periodo diurno de seis meses. Todo esto son, en realidad, diversas facetas de un mismo fenómeno: el paso del Sol desde el hemisferio norte al sur a través del ecuador celeste, que no es más que la proyección en el firmamento del ecuador de la Tierra. En efecto, la trayectoria anual de esta estrella no es paralela a esta circunferencia, sino que la atraviesa dos veces al año –durante los equinoccios. Esto equivale a decir que el eje de rotación de nuestro planeta está algo inclinado respecto a su plano orbital, inclinación sin la cual no habría estaciones

Cefeo (y II)

¿A qué distancia están las estrellas? Uno puede suponer que estos astros son tanto más brillantes cuanto más cercanos están a nosotros, y de hecho así se pensaba hasta hace relativamente poco tiempo. Pero hay que considerar que no todas las estrellas son igual de grandes y luminosas, de forma que no sabemos si una estrella brillante lo es porque, aunque sea pequeña, está muy cerca; o bien es muy lejana pero muy luminosa de por sí. Para calcular la verdadera distancia a estos soles lejanos, se hizo necesario averiguar alguna característica de estos astros que diera pistas sobre su brillo intrínseco. Cuando se analizó el brillo de “delta Cephei” y otras estrellas similares, los astrónomos no sólo se percataron de que su luminosidad era oscilante (de hecho hay miles de estrellas así en el cielo, llamadas “variables”), sino que además el periodo de oscilación –es decir, el tiempo que pasa entre dos fases de máximo fulgor- era proporcional al brillo propio de la estrella, de forma que si se medían intervalos largos era síntoma inequívoco de que la estrella era muy luminosa. Si tal astro, por el contrario, parecía visualmente muy débil, entonces era seguro de que se trataba de un astro muy, muy distante. Las estrellas de estas características, llamadas “ceféidas”, han sido como la piedra Rosetta de la Astronomía moderna. Henrietta Leavitt, una de las grandes astrónomas de la historia, fue la primera que aplicó este método para calcular la distancia que nos separa de las galaxias más cercanas, donde aún se pueden distinguir algunas ceféidas, revelándonos así las colosales dimensiones del Cosmos que nos rodea.

08 septiembre 2006

Cefeo (I)

Algunas constelaciones, por razones enraizadas en los avatares de la historia, se han mantenido siempre en un discreto segundo plano para dejar el papel protagonista a otras mucho más célebres como el Carro u Orión. Tal es el caso de Cefeo, una zona bastante extensa del cielo septentrional que encontramos con relativa facilidad entre las constelaciones de la Osa Menor y Casiopea, y cuya forma recuerda al clásico dibujo infantil de una casita, pero en posición invertida en verano. El famoso astrónomo de la antigüedad Ptolomeo fue el encargado de bautizar a este grupo de estrellas tal como lo conocemos hoy. El nombre es el del legendario Rey Cefeo de Etiopía, padre de Andrómeda y esposo de Casiopea. El hecho de que los soles de Cefeo no sean especialmente luminosos probablemente no ha contribuido a su celebridad. Su estrella más brillante, llamada Alderamín, apenas es visible desde en centro de las grandes ciudades. Con otros ojos miraremos a ésta dentro de cinco milenios, ya que será entonces nuestra Estrella Polar, pues tal es el efecto provocado por el lentísimo movimiento de precesión de nuestro planeta. Entre los astros más curiosos de Cefeo, al alcance del astrónomo aficionado, están sus numerosas estrellas dobles –parejas de soles girando uno alrededor del otro-, de entre las que destaca la estrella “beta”, la segunda en brillo de la constelación. Pero sin duda el astro más relevante es “delta cephei”, un puntito de luz apenas discernible en el extremo superior de la constelación, pero que ha tenido una importancia enorme en la historia de la Astronomía. De ella hablaremos la próxima semana.

Velocidad

Einstein descubrió que nada puede viajar más rápido que la luz, un hecho desde entonces comprobado rutinariamente en los laboratorios. En aquella época, muchos pensaron que “eso mismo decían de la velocidad del sonido”, que se superó en vuelos tripulados en 1947. Pero esta imposibilidad no se trata en realidad de un problema tecnológico, es un verdadero límite físico inherente a la propia naturaleza del Universo. La velocidad de la luz y, en general, de todas las radiaciones electromagnéticas, como las ondas de radio, las microondas o los rayos X, es de casi 300.000 km por segundo en el vacío, suficiente para viajar a la Luna en poco más de un segundo o al Sol en ocho minutos. ¿Por qué es una barrera insuperable? Cuando aplicamos una fuerza a un objeto para acelerarlo, a velocidades “normales” la mayor parte de la energía transmitida se traduce en mayor rapidez, pero una minúscula fracción se transforma en masa adicional para ese cuerpo. Cuando nos acercamos a la velocidad de la luz, sin embargo, casi todo el empuje se transforma en más masa y sólo un pequeño porcentaje contribuye a acelerar aún más el cuerpo. Finalmente, al llegar a la velocidad de la luz toda la fuerza aplicada se transforma directamente en más masa y el objeto ya no puede acelerarse más, aunque utilicemos toda la energía del Universo. El conocido recurso de las películas de ciencia-ficción carece, por tanto, de fundamento, aunque las modernas teorías cosmológicas dejan las puertas abiertas para hipotéticos viajes superlumínicos aprovechando precisamente otra de las geniales ideas einstenianas. De ello hablaremos en otra ocasión.

Nebulosas

Entre los objetos no estelares favoritos de los aficionados a la astronomía destacan sin duda las nebulosas, un concepto que reúne a una familia heterogénea de cuerpos celestes que podemos asociar con masas gaseosas de muy variada composición y morfología. Vistas desde nuestro planeta a esas enormes distancias, parecen nubes compactas y brillantes, pero lo cierto es que los vapores que las constituyen están enrarecidos en extremo, en muchos casos más que el mejor vacío que podemos conseguir en la Tierra. Si consiguiéramos ver el resto del Universo desde el centro de una de estas nebulosas, probablemente no nos percataríamos de que estamos envueltos en tan sutil neblina. Existen nebulosas llamadas “de emisión”, de vivos colores, en las cuales las estrellas que albergan en su seno calientan el gas que las integra hasta que brilla incandescente, como la Gran Nebulosa de Orión; otras, llamadas de “reflexión”, como la que envuelve a la Pléyades, se limitan, como su nombre indica, a reflejar el brillo de soles lejanos. Un tercer tipo, las nebulosas de absorción, son como sacos de hollín que no resplandecen por si mismos, sino que se hacen patentes en el cielo precisamente al eclipsar el brillo de los astros que ocultan. Finalmente, las nebulosas planetarias –que, por cierto, nada tienen que ver con los planetas- son extensísimas burbujas de gas emitidas por una estrella moribunda antes de su colapso final. Un ejemplo de éstas últimas es la Nebulosa del Anillo, en la constelación de la Lira. Fascinantes joyas que adornan la bóveda celeste, generalmente al alcance de los más humildes telescopios.