Naucrates

Noticias y comentarios sobre Astronomía (y otras cosas remotamente relacionadas)

25 octubre 2006

Colisiones

El Universo es lo suficientemente extenso como para que los choques entre cuerpos celestes sean extremadamente raros. Que dos estrellas impacten al azar es tan improbable como que dos balones de playa soltados desde las costas opuestas del Atlántico se encuentren en medio del mar. De hecho, cuando dos galaxias se acercan entre sí pueden entrelazarse, mezclar sus estrellas y volver a alejarse sin que se produzcan colisiones estelares, como si se tratara de dos bandadas de aves volando en direcciones distintas. Esto es lo que probablemente nos ocurra en un futuro remoto cuando choquemos con la galaxia de Andrómeda, que se acerca a más de treinta kilómetros por segundo. Hay que tener en cuenta, no obstante, la fuerza de la gravedad que tiende a unir entre sí a todos los cuerpos celestes, pero las velocidades a las que usualmente se mueven los astros hacen que esta fuerza se traduzca en simples desviaciones de sus trayectorias. En el ámbito del Sistema Solar estos cataclismos ya no son tan infrecuentes, o por lo menos no lo eran hace miles de millones de años. Mimas, un pequeño satélite de Saturno, conserva en su superficie una gran cicatriz del impacto de un asteroide que estuvo a punto de desintegrarlo. Se cree que un choque similar volcó literalmente a Venus, de forma que ahora sus polos están invertidos. Nuestra propia Luna se formó tras el impacto en la Tierra de un planeta del tamaño de Marte, cuando nuestro mundo era aún una esfera de magma incandescente. Los restos de la colisión quedaron formando un anillo en órbita que se condensó en poco tiempo para conformar a nuestra inseparable compañera cósmica.

Intuición

Aún hoy en día muchas personas se sorprenden al enterarse –o al descubrir por ellos mismos- que la velocidad de caída de los objetos no depende de su peso. Intuitivamente se puede pensar que un cuerpo pesado caerá más deprisa que uno ligero, pero la realidad empírica nos demuestra que no es así. Si lanzamos simultáneamente un camión y una canica desde un puente, y obviamos el efecto producido por la resistencia del aire, ambos llegarán a la vez al suelo, porque la aceleración de la gravedad terrestre es la misma para ambos y nada tiene que ver con su masa. Galileo se quedó fascinado con este hecho que contradecía la física aristotélica y trató toda su vida de convencer a sus coetáneos mediante evidencias experimentales, no siempre con éxito. Otra idea muy común, popularizada por los medios de comunicación, pero igualmente errónea, es la de que la atmósfera terrestre se expande indefinidamente por todo el Cosmos. Así, estamos acostumbrados a oír en las películas de ciencia-ficción explosiones en el espacio, cosa imposible debido a que el sonido necesita de un medio por el cual propagarse. Muchas veces la Ciencia ha tenido que trabajar en contra de la intuición o de las apariencias. Como animales aferrados a la superficie de nuestro planeta, éste nos parecerá que es una superficie más o menos plana e inmóvil, que el resto del Universo el que gira alrededor de nosotros y que las estrellas brillan fijas e inmutables en la esfera del cielo. En general somos reticentes a abandonar esta idea cómoda y simple del mundo, a pesar de que la realidad nos demuestra que las cosas son más complejas de lo que aparentan.

Estrellas fijas

Más allá de Saturno, que por entonces era el más distante planeta conocido, en la antigüedad se pensaba que las estrellas eran puntos de luz fijos e inmutables engarzados en una bóveda esférica girando eterna e inmutable alrededor de la Tierra. Se hablaba de la “bóveda de estrellas fijas”, de “firmamento”. Los astros eran de naturaleza perfecta, su substancia era conocida como “eter” o “quintaesencia”, ajena al mundo terrestre. Con el paso de los siglos se demostró que en realidad las estrellas no estaban todas a la misma distancia y que, en cualquier caso, nos separaba de ellas un abismo. De ahí se dedujo un hecho fundamental: las estrellas son soles o, lo que es equivalente, el Sol es una estrella. Pero no fue hasta el siglo XVIII cuando los astrónomos –en concreto el célebre Edmund Halley- se percataron de que las estrellas no estaban de ningún modo fijas en el cielo, se movían muy lentamente entre sí, tanto que hacía falta varios siglos para percibir su desplazamiento. Comparando sus observaciones con las que hacía casi dos milenios efectuó Hiparco, Halley vio que las coordenadas de algunos cuerpos celestes se habían desplazado sensiblemente. Por supuesto, las estrellas recorren varias decenas de kilómetros por segundo, pero vistas desde aquí, a tan enormes distancias, nos parece que están absolutamente quietas. El Sol no es una excepción, se mueve por la galaxia arrastrando a su corte planetaria, hacia la constelación de Hércules. Prueba de ello es una conocida agrupación estelar de esta región, el Cúmulo de Hércules, al cual nos acercamos paulatinamente y que cada año vemos un poco más grande.

Nobel

Hoy se acepta la idea de que el Cosmos surgió de una explosión colosal hace unos 14.000 millones de años. Se tiende a pensar erróneamente en “algo” que explotó súbitamente dentro de la inmensidad de un gran vacío preexistente, pero los estudiosos insisten en que el espacio y el tiempo también nacieron en este estallido, confundidos al principio con la materia y la energía. Por lo tanto, el Universo no apareció en un instante y lugar concretos, tales términos carecen de sentido al hablar del Big Bang, el nombre con el que se conoce a esta teoría. Uno de los más importantes proyectos científicos de la últimas décadas ha tratado de ordenar la historia del Universo desde su mismo comienzo, para intentar dilucidar cómo se organizaron sus constituyentes hasta alcanzar el estado que vemos hoy en día. Para ello se han conseguido recrear las condiciones reinantes en esos instantes iniciales mediante “aceleradores de partículas”, auténticos prodigios tecnológicos gracias a los cuales hoy sabemos cómo se formaron los átomos y cómo los primeros rayos de luz surgieron de su seno. Pero hasta que los físicos estadounidenses John Mather y George Smoot no se pusieron a la tarea, se sabía muy poco sobre cómo toda esa sustancia caótica primordial dio lugar a las estrellas y galaxias actuales. Al parecer, la materia se organizó entorno a ciertas irregularidades iniciales que aún hoy se vislumbran analizando la radiación cósmica del “fondo” del Cosmos, esto es, más allá de los más lejanos astros. Por su trascendental aportación a la Ciencia estos investigadores fueron honrados esta semana con el Premio Nobel de Física.