Naucrates

Noticias y comentarios sobre Astronomía (y otras cosas remotamente relacionadas)

30 noviembre 2006

Invierno

Hagamos un breve repaso por el firmamento nocturno observable a simple vista desde León durante estas semanas. Orión, probablemente la constelación más hermosa de todo el cielo, se cierne majestuoso en la bóveda celeste desde primeras horas de la noche. Los siete soles que la forman dibujan la silueta de un gigante cazador, por lo menos a los ojos de las antiguas civilizaciones que bautizaron las diferentes regiones del Cosmos. Sus tres astros centrales, conocidos popularmente como “las tres Marías” señalan, hacia abajo, la posición de la más brillante estrella del cielo -Sirio, en el Can Mayor- y hacia arriba, la de Aldebarán, el principal astro de una de las constelaciones del zodíaco: el Toro. Aldebarán forma uno de los vértices de un curioso triangulito casi perfecto visible en una noche oscura, son las conocidas como “Híades”, el nombre de unas ninfas de la mitología griega. Una de estas estrellas se aprecia perfectamente como doble incluso sin la ayuda de prismáticos. Doblando la distancia de Orión a Aldebarán nos encontramos con otra conocida configuración estelar, el cúmulo de las Pléyades que, dicho sea de paso, será ocultado por la Luna esta noche, a partir de las cuatro de la madrugada. A la izquierda de Orión aparece otra importante región del firmamento, los Gemelos, en alusión a los famosos hermanos Cástor y Pólux de las leyendas grecorromanas. Sobre ellos se sitúa el Cochero o Auriga, con Capella (la Cabrilla) como su estrella más importante, y debajo el otro perro –el Can Menor- que acompaña a Orión en sus cacerías, siendo Proción el sol más brillante de este grupo estelar.

Redescubrimientos

Generalmente se considera a Urano como el límite de la visión humana sin la ayuda de aparatos ópticos. Teóricamente es posible vislumbrar este planeta como un puntito perdido en la inmensidad de estrellas del firmamento nocturno, siempre que se goce de un cielo de calidad excepcional, absolutamente transparente y sin rastro de contaminación lumínica. Por ello se sospecha que los pueblos antiguos ya habían observado este astro antes de que William Herschel, un músico aficionado a la astronomía, lo descubriera oficialmente en el siglo XVIII. Para el siguiente planeta, Neptuno, sí que ya es ineludible el uso de instrumentos astronómicos. Curiosamente, hoy se sabe que ambos habían sido observados y catalogados como estrellas por los primeros astrónomos de la era telescópica, en concreto por Galileo, quien los observó varias veces a través de su rudimentario catalejo. Si hubiera prestado atención al lento discurrir de estos puntos de luz sobre el fondo de estrellas probablemente hubiera pasado a ser el primer descubridor planetario de la historia, por si hiciera falta añadir algo al currículo del eminente sabio italiano. Siglos más tarde el célebre astrónomo Percival Lowell pasó por alto la presencia de una insignificante mota de luz desplazándose con gran parsimonia por la bóveda celeste, en una serie de placas fotográficas tomadas a principios del siglo pasado. Después se sabría que este astro se correspondía con la posición que entonces tenía en el cielo el hoy degradado Plutón. Lowell dejó pasar así la oportunidad de protagonizar este importante hallazgo al estadounidense Clyde Tombaugh, en 1930

Refracción

Cuando introducimos una cucharilla en un vaso de agua observamos que ésta parece torcerse en la parte sumergida. Éste fenómeno se conoce en Física como “refracción”, y se produce cuando las ondas de luz penetran en un medio de diferente densidad, provocándose cambios en la velocidad y en la dirección de propagación de estas ondas. El ángulo con el que la luz gira es proporcional a la densidad de este medio refractante, lo cual puede ser aprovechado para conocer muchas de sus propiedades. El aire también es un fluido capaz de refractar la luz procedente del cielo. En efecto, cuando un rayo de luz emitido por un astro lejano penetra en nuestra atmósfera, su trayectoria se curva suavemente, tanto más cuanto mayor sea el espesor de las capas que ha de atravesar. Así, una estrella cerca del horizonte sufre una fuerte refracción, mientras que si está justo encima de nuestra cabeza el efecto será mínimo. Por esta razón, cuando observamos cualquier cuerpo celeste, en realidad estamos viendo un efecto óptico, es decir, su posición “aparente”. Su posición “real” es un poco más baja. Esto conlleva un curioso fenómeno, por el cual somos capaces de ver a los astros un rato antes de que salgan todos los días por el horizonte, y después de que se oculten; lo cual se aplica también, por supuesto, al Sol y a la Luna, que ofrecen además un aspecto achatado cerca del horizonte. Cuando les vemos salir por el Este en realidad aún no están allí, su verdadera posición es algo más baja, ocultos tras el horizonte. Gracias a ello los días son unos cuatro minutos más largos de lo que serían si careciésemos de atmósfera.

Óptica adaptativa

Cuando Isaac Newton inventó el telescopio de espejos a finales del siglo XVII poco podía sospechar que su creación sería la piedra angular de la Astronomía observacional moderna, tanto como su obra científica lo es de la Astronomía teórica. En efecto, actualmente casi todos los telescopios profesionales utilizados en investigación son de tipo reflector, esto es, el aumento de la imagen lo consiguen mediante la combinación de varios espejos. En el diseño más simple, los reflectores “newtonianos” poseen un espejo cóncavo cuyo tamaño determina en buna medida la potencia del aparato. Cuando su diámetro supera varios metros, es más sencillo construirlos fraccionados en celdillas hexagonales que luego se ensamblan como un rompecabezas. Tal es el caso del Gran Telescopio CANARIAS, que pronto estará operativo en el complejo de observatorios del Roque de los Muchachos. Los espejos de última generación no son totalmente rígidos, descansan sobre una plataforma de minúsculos pistones a manera de “alfombra de fakir”, cada uno de los cuales es capaz de deformar la superficie reflectora unas milésimas de milímetro, en función de lo dictado por un complejísimo sistema informático que analiza la estructura del “tren de ondas” de luz que llega desde el astro observado. De esta forma se consigue compensar casi completamente la distorsión causada por la atmósfera terrestre. Así, estos telescopios obtienen imágenes de calidad insuperable, como si trabajaran desde el espacio, al igual que el famoso Hubble. Esta técnica, llamada “óptica adaptativa” está revelando detalles hace unos años inimaginables acerca del Universo.

Palabras

Existen en nuestro rico idioma innumerables palabras que guardan relación más o menos directa con el mundo de la Astronomía. Así, tenemos “desastre” y “catástrofe”, derivadas de “astro”, que aluden a una situación calamitosa relacionada, según creían los antiguos, con algún desbarajuste en el orden cósmico. A este respecto, “considerar” significa, literalmente, tener en cuenta las “sideris”, es decir, las estrellas, antes de tomar una decisión, pues tal era la costumbre en los tiempos en los que la astrología se tomaba en serio. De ahí viene también “desiderata” y “desiderativo”. Posiblemente “siderurgia” y sus derivados tengan que ver con el brillo de los metales, que recuerda al de las estrellas. Ya hemos mencionado en alguna ocasión la famosa “canícula” estival, palabra que viene de “Canis”, las constelaciones con figura de perro que precisamente comienzan a verse justo antes del alba a comienzos de verano. Tenemos también el adjetivo “septentrional”, para referirse a todo lo relacionado con el hemisferio boreal de nuestro planeta (y su cielo); pues bien, “septen triones”, es decir, “siete bueyes” creían ver los latinos en el firmamento norteño, refiriéndose a las siete brillantes estrellas de la Osa Mayor, visibles durante todo el año. Dicho sea de paso, “ártico” viene del griego “arctos”, que quiere decir “oso”, y “Arturo”, una de las más brillantes estrellas del cielo –además de antropónimo– parece que quiere decir “guardián de la Osa”, por su proximidad a esta constelación. Finalizaremos con el “sínodo” que celebran periódicamente los obispos, como periódicas son las revoluciones “sinódicas” de los astros.