Naucrates

Noticias y comentarios sobre Astronomía (y otras cosas remotamente relacionadas)

28 diciembre 2006

La Bola

Como todos saben, hoy a medianoche dejarán caer una enorme bola hasta entonces suspendida desde el reloj de la Puerta del Sol –al igual que en otras muchas localidades de todo el mundo- para conmemorar que nuestro pequeño planeta ha completado otra vuelta más alrededor del Astro Rey. En realidad esta costumbre tiene un origen astronómico, procedente de la época en la que la navegación náutica no gozaba de la asistencia tecnológica actual y el gobierno de los buques dependía en gran medida de la destreza y capacidad de observación de la tripulación. Hasta la invención de los cronómetros mecánicos, la hora más precisa la proporcionaban los relojes de péndulo, que, obviamente, son inútiles a bordo de naves en constante zozobra e inestabilidad. En un barco, conocer la hora –en concreto, el instante del mediodía- era imprescindible para, midiendo la altura del Sol sobre el horizonte en ese momento, calcular la latitud y situarse con precisión en la carta náutica. Para facilitar la operación, se acostumbraba a colocar en las elevaciones –torres, campanarios, etc.- de las localidades costeras una gran esfera brillante y coloreada visible a gran distancia, de cuya posición estaban pendientes algunos marineros de cada embarcación, provistos de catalejos. Las autoridades hacían descender estas bolas justo en el instante del mediodía, momento en el cual los encargados determinaban la altura del Sol usando sextantes u otros instrumentos. Posteriormente, mediante unas tablas de conversión sencillas, y en función de la fecha, se puede calcular con bastante precisión la distancia que separa al buque del ecuador.

Cifras

Cuando miramos hacia arriba en una noche estrellada a menudo nos preguntamos cuántas estrellas adornan la bóveda celeste. Cualquier intento de cuantificación sistemática se verá rápidamente frustrado, en especial al llegar a regiones densamente pobladas, como la Vía Láctea. En realidad, en una noche oscura y despejada podemos ver como mucho unas 6.000 estrellas. Pero alguien verdaderamente curioso querrá saber cuantas estrellas hay realmente en el Universo, más allá de las que descubre nuestra limitada visión. Esta sencilla pregunta carece de una respuesta definitiva por parte de la Astronomía, aunque hay aproximaciones que se tienen actualmente por bastante realistas. Se calcula que nuestra galaxia contiene aproximadamente un cuarto de billón de estrellas, incluyendo todos los tipos conocidos. A su vez, esta galaxia es una entre las muchas que pueblan la vastedad del firmamento, y su cantidad ofrece muchas más dudas que la estimación anterior. Sin embargo, no cometemos un error excesivo si suponemos que existen también un cuarto de billón de galaxias. Esto nos lleva a considerar un Cosmos poblado por más de 50.000 trillones de soles, cifra que excede sin duda a nuestra capacidad de asimilación. Pero vayamos más allá y preguntémonos cuantos átomos componen la totalidad de nuestro Universo. Sorprendentemente, la Ciencia también propone una cifra orientativa, basada en la suposición de que nuestro entorno es representativo de la estructura general del Cosmos. Y resulta lógicamente una cifra colosal. Para representarla tenemos que escribir un uno seguido de ochenta ceros. Lógicamente, átomo arriba, átomo abajo.

2006

El año que concluye ha sido especialmente fructífero en el campo de las Ciencias del Espacio, como continuación de una tendencia de progreso y expansión iniciada hace años y que parece distante aún al agotamiento. La noticia que ha despertado más impacto mediático –pero no necesariamente la más relevante desde el punto de vista científico- ha sido sin duda la “degradación” de Plutón como planeta y la creación de una nueva categoría (planetas enanos) para clasificar a éste y a astros similares. Importante también ha sido la detección por un equipo de astrónomos estadounidenses, durante la colisión de dos grandes cúmulos, de la enigmática y exótica “materia oscura” que, según las teorías actuales, es uno de los principales componentes del Universo. La academia sueca ha premiado también otro trascendental hallazgo en el campo de la Cosmología, esto es, la constatación empírica de las “semillas” primordiales a partir de las cuales se organizaron las estructuras a gras escala que observamos actualmente en el Cosmos. Por su parte, las sondas robóticas marcianas, superando las previsiones más optimistas, han continuado la exploración del Planeta Rojo, arrojando pruebas sólidas de la existencia de agua en su superficie. Exitosa está siendo también la misión enviada a Saturno, que está fotografiando exhaustivamente decenas de nuevos mundos para nosotros. Por último, y en el ámbito nacional, recordaremos este año por la entrada de España en el Observatorio Europeo Austral, que supondrá un avance muy significativo para los proyectos de investigación en los que, cada vez con más frecuencia, participan científicos españoles.

Agudeza visual

Hace unas semanas comentamos el hecho de que Urano representa convencionalmente el límite de la visión humana en condiciones óptimas. Se ha afirmado que algunas personas con una agudeza excepcional han sido capaces de observar también las lunas de Júpiter a simple vista. Estos cuatro satélites, descubiertos por Galileo hace cuatro siglos, en realidad son lo suficientemente brillantes como para que teóricamente sean visibles sin la ayuda de instrumentos ópticos, si no estuvieran tan cerca del brillante planeta, cuyo fulgor hace impracticable su observación. La agudeza visual no sólo consiste en apreciar luces debilísimas, sino también en discernir detalles minúsculos en objetos muy alejados. Así, se dice también que, en determinadas fechas, es posible adivinar las fases de Venus sin necesidad de telescopios. En efecto, a lo largo de la historia ha habido observadores con capacidades visuales realmente prodigiosas, como Percival Lowell o el célebre astrónomo catalán Josep Comás. Sin embargo, a veces forzar demasiado la percepción visual puede llevar al autoengaño. Schiaparelli, un astrónomo italiano del siglo XIX, creyó ver una compleja red de canales en la superficie de Marte que posteriormente se atribuyeron a una avanzadísima civilización posiblemente hostil a la humanidad. Sus mapas marcianos convencieron a otros muchos científicos que aseguraron corroborar muchos de los minúsculos detalles superficiales, hasta que observaciones más pausadas revelaron que esa topografía era fruto de ilusiones ópticas provocadas al forzar la vista más allá de lo ópticamente posible con el uso de telescopios.