Naucrates

Noticias y comentarios sobre Astronomía (y otras cosas remotamente relacionadas)

25 enero 2007

Hierro

El descubrimiento de la obtención de metales a partir de sus fuentes minerales fue tan determinante en la evolución de nuestra cultura que de hecho las etapas tecnológicas de la historia humana se definen por el metal dominante en la industria de cada momento. Tras las Edades del Cobre y del Bronce, el hombre aprendió hace cuatro milenios a obtener un metal más sólido y resistente a partir de ciertos minerales, inaugurando así la edad del Hierro, que, en cierto sentido, llega hasta la actualidad. No obstante en aquél tiempo ya se conocía este prodigioso material, ocasionalmente hallado en forma de pesadas rocas caídas del cielo. En efecto, muchos meteoritos están formados casi exclusivamente por este metal, y constituían hasta entonces la nunca fuente disponible de este valioso producto, más precioso que el oro. No es extraño que se atribuyeran propiedades sobrenaturales al hierro, considerando sus propiedades extraordinarias y su origen celestial. Parecía un regalo de los propios dioses. Las antiguas leyendas europeas sobre metales mágicos (desde la espada “Excalibur” del Rey Arturo hasta el anillo de los Nibelungos, reelaborada en la novela El Señor de los Anillos) están probablemente enraizadas en esta mitología. Es posible incluso que las palabras “sideral” y “siderurgia” compartan el mismo origen griego. El hierro se forma en el núcleo de las estrellas, y el que hoy hallamos en la Tierra –incluyendo el de nuestra sangre- procede concretamente del corazón de un astro que estalló hace miles de millones de años en una explosión “supernova”, y de cuyos escombros se formó el actual Sol y su corte planetaria.

18 enero 2007

SMOS

El presente ha sido proclamado “año de la Ciencia” por el Gobierno, iniciativa que se enmarca dentro de un conjunto de medidas destinadas a impulsar el desarrollo y la innovación tecnológica en nuestro país. Esperamos sinceramente que estos esfuerzos económicos y logísticos no se queden en un mero brindis al sol, y que por fin se tome a la investigación científica como lo que es: la base del progreso de una nación. Un esperanzador síntoma de esta necesaria nueva filosofía es el creciente interés por las Ciencias del Espacio –tanto en estudios básicos como en aplicaciones prácticas- y en el sector aeroespacial. Así, España lidera la misión espacial europea SMOS, un satélite que será lanzado previsiblemente dentro de un año y cuyo objetivo fundamental es el estudio climático del planeta, en especial en aquellos aspectos relacionados con el llamado “calentamiento global”, que tan profundas repercusiones socioeconómicas está teniendo en todo el mundo. El proyecto, presupuestado en unos 200 millones de euros, permitirá un mejor conocimiento del ciclo hidrológico del planeta, de los procesos de desertización y los cambios en el nivel de salinidad de las aguas oceánicas que determinan a su vez la aparición de sequías e inundaciones. El corazón del satélite será el ingenio MIRAS, diseñado y construido en nuestro país, un radiómetro que aplicará por primera vez una tecnología innovadora y altamente sofisticada en investigación espacial. SMOS constituye nuestra mayor apuesta histórica en el campo de la Ciencia y la tecnología espacial, y permitirá a España situarse en la vanguardia internacional dentro de este sector.

11 enero 2007

Ciclo solar (y II)

Las manchas son zonas más frías de la superficie solar –en términos relativos, ya que están a miles de grados de temperatura- relacionadas con la actividad magnética de la estrella. En ocasiones evolucionan de forma explosiva, desprendiéndose grandes cantidades de materia superficial hacia el espacio exterior que pueden chocar contra nuestro planeta, provocando daños importantes en los sistemas eléctricos y de telecomunicaciones. De ahí que su estudio tenga especial relevancia, y en esta tarea colaboran miles de aficionados de todo el mundo, entre ellos la Asociación Leonesa de Astronomía. Observando registros históricos de manchas solares, se aprecia que, por razones aún no del todo claras, su abundancia sigue un patrón regular, con un máximo cada once años. Es el llamado “ciclo solar”, según el cual ahora estamos atravesando una etapa de mínima actividad a pesar de que, para desconcierto de los científicos, se siguen registrando fenómenos relevantes. Curiosamente, poco después de su descubrimiento transcurrieron varios años sin que se observaran apenas manchas en el Sol. Muchos llegaron a dudar de los primeros registros. Este periodo, conocido como “mínimo de Maunder” (de 1645 a 1715) coincide con la época que los historiadores llaman coloquialmente “Pequeña Edad de Hielo” por las bajas temperaturas medias registradas y la especial crudeza de sus inviernos. Esto sugiere una estrecha relación entre la actividad solar y el clima terrestre que podría ser una de las claves para entender el actual calentamiento global del planeta. Esto es algo aún muy controvertido, pero justifica el creciente interés por el Sol.

03 enero 2007

Ciclo solar (I)

Este año que comienza ha sido declarado Año Heliofísico Internacional por las Naciones Unidas, motivo por el cual prestaremos una especial atención al astro más importante de todos: el Sol. Galileo perdió la vista tras pasarse gran parte de su vida mirándolo a través de su rudimentario catalejo sin más protección que la ofrecida por la niebla o la bruma matutina. Su perseverancia regaló al mundo un descubrimiento trascendental: las manchas solares, que demostraban que el Astro Rey no era una esfera perfecta como entonces se pensaba, si no un astro más asequible a la investigación científica. Los escépticos creyeron que se trataba de la sombra proyectada por planetas más allá de Mercurio, pero se demostró que eran detalles intrínsecos a la superficie solar, si bien de tamaño y forma cambiantes. Hoy se sabe que muchas otras estrellas tienen también manchas superficiales, y tal vez sea una característica común a todos los astros parecidos al Sol. Siguiendo el movimiento de las manchas desde que aparecen por un borde hasta que desaparecen por el opuesto puede calcularse el tiempo que tarda el Sol en dar una vuelta sobre sí mismo, que resulta ser de unos 25 días; aunque, como la Tierra se desplaza también en el mismo sentido, tardamos más en perder de vista cada mancha y para nosotros son cerca de 27 días. Comienzan siendo pequeños puntitos que normalmente evolucionan y aumentan de tamaño, alcanzando su máximo desarrollo en unas semanas para luego volver a menguar. Si conservamos nuestras “gafas del eclipse”, precisamente hoy se puede ver una gran mancha sin necesidad de telescopio cerca del centro del Sol.